Pepe Cercas
Poeta recién llegado
Era en la candidez de un otoño que se perdía.
Recuerdo aún aquella luz domando a las sombras
que en cruel huida partían de la vida.
Y al crepúsculo rompiendo el horizonte
y marchitando las hojas que iluminadas
caían de los robledales.
I
Tu cuerpo abría sus párpados de luz
y tus besos fluían como de pronto de tus labios.
Recuerdo a la tierra con su aroma de agua.
Recuerdo la palabra que arde
en las bocas de los enamorados.
Y recuerdo tus altos senos levantados
hacia el espacio terrible del beso.
Eras acaso la tierra y el cielo en largo trance.
Eras una nube que danzaba en el aire.
Eras, tal vez, un jazmín que creía amarme.
Recuerdo aquellas aguas que fluían como fuentes
en el algodón terráqueo de tus ponientes.
Recuerdo también los pasos del niño
y el vuelo de aquella alondra que era madre.
Y la mar dormida en la calma de tu vientre.
Recuerdo la patria amanecida entre tus dientes
y aquel abrazo de plata que venía a visitarme.
Pero fue de pronto. Se quebró el deseo.
Se secó la tierra amada de tu cuerpo
y se llevó el suspiro tus recuerdos.
Las hojas cayeron adormecidas
porque todo fue de pronto y en silencio.
II
De pronto fue, sí, pero no en silencio.
Ardían en las bocas lamentos desnutridos,
los dientes se fundían con la palabra en las aceras
y los gladiadores combatían en los lagrimales.
Pero no fue en silencio. En aquellas horas de la huida,
donde los jazmines trepaban hacia el crepúsculo,
donde tu voz fue retrocediendo
por los altos balcones del llanto.
No fue en silencio, graznaron los cuervos
asomados a las ventanas descolgadas
y tiritaron de frío tus labios abandonados.
Pero no fue en silencio,
no con la voz que arde en el alma.
No en el silencio de la sombra.
Tu negra sombra de penas.
Tu alta sombra de túnicas sedientas.
No en la nocturna sombra
que expande sus ramas solitarias por el vacío.
Se fue sin el silencio por los valles de mi almohada
cual racimos de uvas que caen hacia la derrota.
Solitaria se fue, pero no en silencio.
El silencio murió en las manos de las lágrimas.
José Cercas
Recuerdo aún aquella luz domando a las sombras
que en cruel huida partían de la vida.
Y al crepúsculo rompiendo el horizonte
y marchitando las hojas que iluminadas
caían de los robledales.
I
Tu cuerpo abría sus párpados de luz
y tus besos fluían como de pronto de tus labios.
Recuerdo a la tierra con su aroma de agua.
Recuerdo la palabra que arde
en las bocas de los enamorados.
Y recuerdo tus altos senos levantados
hacia el espacio terrible del beso.
Eras acaso la tierra y el cielo en largo trance.
Eras una nube que danzaba en el aire.
Eras, tal vez, un jazmín que creía amarme.
Recuerdo aquellas aguas que fluían como fuentes
en el algodón terráqueo de tus ponientes.
Recuerdo también los pasos del niño
y el vuelo de aquella alondra que era madre.
Y la mar dormida en la calma de tu vientre.
Recuerdo la patria amanecida entre tus dientes
y aquel abrazo de plata que venía a visitarme.
Pero fue de pronto. Se quebró el deseo.
Se secó la tierra amada de tu cuerpo
y se llevó el suspiro tus recuerdos.
Las hojas cayeron adormecidas
porque todo fue de pronto y en silencio.
II
De pronto fue, sí, pero no en silencio.
Ardían en las bocas lamentos desnutridos,
los dientes se fundían con la palabra en las aceras
y los gladiadores combatían en los lagrimales.
Pero no fue en silencio. En aquellas horas de la huida,
donde los jazmines trepaban hacia el crepúsculo,
donde tu voz fue retrocediendo
por los altos balcones del llanto.
No fue en silencio, graznaron los cuervos
asomados a las ventanas descolgadas
y tiritaron de frío tus labios abandonados.
Pero no fue en silencio,
no con la voz que arde en el alma.
No en el silencio de la sombra.
Tu negra sombra de penas.
Tu alta sombra de túnicas sedientas.
No en la nocturna sombra
que expande sus ramas solitarias por el vacío.
Se fue sin el silencio por los valles de mi almohada
cual racimos de uvas que caen hacia la derrota.
Solitaria se fue, pero no en silencio.
El silencio murió en las manos de las lágrimas.
José Cercas
::