Raúl Donoso P.
Poeta que considera el portal su segunda casa
El sol repiquetea el negro alquitrán de mi calle
y en mis lágrimas el sollozo tamborilea en la plaza,
haciendo invierno frío quemante,
sobre estos huesos helados, oscuros y un tanto ajados.
El viento cálido mece árboles por las calles de mi ciudad
y el gélido rictus de mi boca
cada vez más pequeña e inseparable de mis pasos,
hacen una mueca insoportable en este lunes tedioso.
El verano gorjea junto al gorrión jugueteando por las cornisas
y mi trino se ha vuelto un gutural gemido,
que sólo vomita bruma desde mis labios,
enrollando el hilo que pulula intolerable,
apretando con saña las paredes insoportable de mis canas.
El solsticio alienta la mágica caída del sol sobre las aguas
augurando abandono bien al final del ocaso,
más mi piel se traduce en escarcha,
cada vez que siento la noche caer en la mansarda.
El ensueño se va ataviando de verano
y las espinas se pasean dulcemente en mis pesadillas
reabriendo mis llagas hasta recordar doloroso el riego sangrante,
por cada espacio en donde se había olvidado una fría tarde.
Sol invernal acaloró mis piernas inflamadas
y la lluvia de fuego que asqueaba la parca
se quedaba anclada en mis penas de plata,
quedando tullida en frente de ésta .,
mi mirada que aún persiste enamorada .
y en mis lágrimas el sollozo tamborilea en la plaza,
haciendo invierno frío quemante,
sobre estos huesos helados, oscuros y un tanto ajados.
El viento cálido mece árboles por las calles de mi ciudad
y el gélido rictus de mi boca
cada vez más pequeña e inseparable de mis pasos,
hacen una mueca insoportable en este lunes tedioso.
El verano gorjea junto al gorrión jugueteando por las cornisas
y mi trino se ha vuelto un gutural gemido,
que sólo vomita bruma desde mis labios,
enrollando el hilo que pulula intolerable,
apretando con saña las paredes insoportable de mis canas.
El solsticio alienta la mágica caída del sol sobre las aguas
augurando abandono bien al final del ocaso,
más mi piel se traduce en escarcha,
cada vez que siento la noche caer en la mansarda.
El ensueño se va ataviando de verano
y las espinas se pasean dulcemente en mis pesadillas
reabriendo mis llagas hasta recordar doloroso el riego sangrante,
por cada espacio en donde se había olvidado una fría tarde.
Sol invernal acaloró mis piernas inflamadas
y la lluvia de fuego que asqueaba la parca
se quedaba anclada en mis penas de plata,
quedando tullida en frente de ésta .,
mi mirada que aún persiste enamorada .