Daniela Albasini
Poeta asiduo al portal
Cayó en un sueño profundo
reparador del cuerpo y de la mente,
sumido en una flotante nebulosa,
sus imágenes de vida repasaba.
Su respiración era poderosa,
y al rato lenta se tornaba,
sus párpados suaves permitían
los rápidos movimientos oculares.
En el interior del sueño se movía
degustando un sinfín de concurrencias,
se encontraba a amigos y enemigos
en extrañas y oscuras cadencias.
Lenta la noche pesada caía
sobre el influjo astral del durmiente,
las puertas de oro se le abrían
y un mundo de cristal se iluminaba.
Los colores brillaban en metales,
bañados por una blanca luz intensa,
dorados destellos, reflejos azules,
rojos rubíes y verdes esmeraldas.
La gran nitidez de sus sentidos
contrastaba con el hecho de estar dormido,
¿qué era real y qué soñado?
¿cómo saberlo en ese mundo ausente?
De repente un viento sopló fuerte,
las campanas sonaron:
¿era la muerte?
Apareció una enorme celosía
y un monje azul le sonreía.
Comenzó a llover, gotas azules
cayeron sin cesar en su cabeza,
oscuro azul como la noche,
azul cobalto con reflejo de plata.
La lluvia caía más y más cerrada,
más fuerte el aire azul soplaba,
la puerta del convento porteaba
y el monje en su mirada sonreía.
Sudaba el hombre en su cama postrado,
no sabiendo qué hacer en esa noche,
¡menuda pesadilla que tenía!
¿O era real aquel derroche?
Movió los brazos agitados,
creía que se ahogaba en la azul tormenta,
el agua le agobiaba y le alcanzaba,
el mentón lo tenía casi tapado.
Tormenta azul, tifón soñado,
levantó una mano, sintió un ligero soplo,
despertóse el hombre tembloroso,
respiró despacio y descubrió a su lado,
la imagen de un monje todo mojado.
reparador del cuerpo y de la mente,
sumido en una flotante nebulosa,
sus imágenes de vida repasaba.
Su respiración era poderosa,
y al rato lenta se tornaba,
sus párpados suaves permitían
los rápidos movimientos oculares.
En el interior del sueño se movía
degustando un sinfín de concurrencias,
se encontraba a amigos y enemigos
en extrañas y oscuras cadencias.
Lenta la noche pesada caía
sobre el influjo astral del durmiente,
las puertas de oro se le abrían
y un mundo de cristal se iluminaba.
Los colores brillaban en metales,
bañados por una blanca luz intensa,
dorados destellos, reflejos azules,
rojos rubíes y verdes esmeraldas.
La gran nitidez de sus sentidos
contrastaba con el hecho de estar dormido,
¿qué era real y qué soñado?
¿cómo saberlo en ese mundo ausente?
De repente un viento sopló fuerte,
las campanas sonaron:
¿era la muerte?
Apareció una enorme celosía
y un monje azul le sonreía.
Comenzó a llover, gotas azules
cayeron sin cesar en su cabeza,
oscuro azul como la noche,
azul cobalto con reflejo de plata.
La lluvia caía más y más cerrada,
más fuerte el aire azul soplaba,
la puerta del convento porteaba
y el monje en su mirada sonreía.
Sudaba el hombre en su cama postrado,
no sabiendo qué hacer en esa noche,
¡menuda pesadilla que tenía!
¿O era real aquel derroche?
Movió los brazos agitados,
creía que se ahogaba en la azul tormenta,
el agua le agobiaba y le alcanzaba,
el mentón lo tenía casi tapado.
Tormenta azul, tifón soñado,
levantó una mano, sintió un ligero soplo,
despertóse el hombre tembloroso,
respiró despacio y descubrió a su lado,
la imagen de un monje todo mojado.