Ictiandro
Poeta adicto al portal
Abierto el sepulcro
de las horas muertas,
la mirada ósea al cielo
se pierde sin destino
desde las profundidades
de tierra y carne
abrazándose en mutismos.
El baile de las ánimas
sobrevuela nirvana
sin cruz ni nombre,
la nada es canto nuevo
y lo blanco murmullo.
Donde la lápida yace,
al borde mismo
de una puerta cerrada,
un peregrino se detiene,
contempla su futuro
y exhala un suspiro.
Su huella en el barro
de mañana sin sol,
deshoja las flores
silvestres del ayuno,
en lo recóndito y lóbrego
se regodea la muerte
con cada pétalo
en sus oquedades
palpitando.
Sin más aliento
que un temblor subterráneo,
las manos se arriman,
lo que de ellas queda,
y tomadas en su demencia
fraguan el retrato
de semblante sin sombras,
abofeteando a Caronte
en su intento
de acallar la vida.
Cerrado el ciclo
los perros callaron
y bajo luz de luna
durmió el alba.
de las horas muertas,
la mirada ósea al cielo
se pierde sin destino
desde las profundidades
de tierra y carne
abrazándose en mutismos.
El baile de las ánimas
sobrevuela nirvana
sin cruz ni nombre,
la nada es canto nuevo
y lo blanco murmullo.
Donde la lápida yace,
al borde mismo
de una puerta cerrada,
un peregrino se detiene,
contempla su futuro
y exhala un suspiro.
Su huella en el barro
de mañana sin sol,
deshoja las flores
silvestres del ayuno,
en lo recóndito y lóbrego
se regodea la muerte
con cada pétalo
en sus oquedades
palpitando.
Sin más aliento
que un temblor subterráneo,
las manos se arriman,
lo que de ellas queda,
y tomadas en su demencia
fraguan el retrato
de semblante sin sombras,
abofeteando a Caronte
en su intento
de acallar la vida.
Cerrado el ciclo
los perros callaron
y bajo luz de luna
durmió el alba.