AMANT
Poeta adicto al portal
Tatuada la luna
en el pecho ennegrecido de la noche,
contempla mi mutismo.
Heridas las horas
por el puñal intangible de tu ausencia,
se arrastran y mueren de olvido,
y sobre mí, el viento sutil
con caricias insulsas,
intenta consolarme.
Cual fértil terreno, mi corazón reverdece
cada vez que lo pisas
o clavas en él
la aguda coa de tu indiferencia,
invisibles e inmortales semillas de amor, cultivas.
Se muere, de a poco,
mi alma dentro del cuerpo.
Soy sólo carne, sangre, huesos,
y tú: bella y segura de tí misma,
utópica diosa,
eres la modelo de Afrodita.
Ahogada en la total austeridad,
de mi habitación,
vivo el eterno deja vú de tu recuerdo,
inhalando reminiscencias
de tu adorada efigie
y exhalando lobreguez infinita.
¿Por qué estoy enamorada de una mujer?
Dios: ¡¿Por qué lo permites?!
, si es imposible que ella me ame.
¡¿Por qué es pecado,
este sentimiento tan sublime?!
Huele a primavera y sabe a elegía
cualquier espacio.
Resuena el eco de tu voz y tu respiración
en las paredes grisáceas y etéreas de mi alma
como una extraña y fantasmal reverberación
que mana de la nada,
al par de tus miradas.
Cuelgo el atavío de piel,
que siempre cubre mi cuerpo
y mi hipócrita felicidad,
en la soledad,
perchero de metal,
que parece sonreir
burlándose de mí.
Entonces siento tu lejanía, algidez infernal,
y los punzantes dardos de tu desdén,
herir mi esencia con crueldad.
Eres un borrador
que de la página de mi mente,
elimina al resto de la gente,
letras muertas,
con gráciles movimientos e infinita belleza
¡Oh, cómo quisiera que con besos desvanecieras mi tristeza!
Como el cielo, celeste es tu hermosura,
pues ni el tiempo puede mellarla
y cada día amaneces
con un rostro diferente,
pero siempre apoteósica.
De ojos a veces negros y otras azules,
el firmamento,
es el espejo que refleja mi pena,
el pozo de los deseos
donde una vez,
hace mucho tiempo,
lancé una moneda de oro y otra de plata,
pidiendo que me amaras... y aún espero...
Estar sin ti, es la muerte más dolorosa
que vivo a diario,
sintiendo el fuego del amor incinerándome
el corazón hasta pulverizarlo,
para luego hacerlo renacer
cual ave fénix
en un ciclo interminable...
en el pecho ennegrecido de la noche,
contempla mi mutismo.
Heridas las horas
por el puñal intangible de tu ausencia,
se arrastran y mueren de olvido,
y sobre mí, el viento sutil
con caricias insulsas,
intenta consolarme.
Cual fértil terreno, mi corazón reverdece
cada vez que lo pisas
o clavas en él
la aguda coa de tu indiferencia,
invisibles e inmortales semillas de amor, cultivas.
Se muere, de a poco,
mi alma dentro del cuerpo.
Soy sólo carne, sangre, huesos,
y tú: bella y segura de tí misma,
utópica diosa,
eres la modelo de Afrodita.
Ahogada en la total austeridad,
de mi habitación,
vivo el eterno deja vú de tu recuerdo,
inhalando reminiscencias
de tu adorada efigie
y exhalando lobreguez infinita.
¿Por qué estoy enamorada de una mujer?
Dios: ¡¿Por qué lo permites?!
, si es imposible que ella me ame.
¡¿Por qué es pecado,
este sentimiento tan sublime?!
Huele a primavera y sabe a elegía
cualquier espacio.
Resuena el eco de tu voz y tu respiración
en las paredes grisáceas y etéreas de mi alma
como una extraña y fantasmal reverberación
que mana de la nada,
al par de tus miradas.
Cuelgo el atavío de piel,
que siempre cubre mi cuerpo
y mi hipócrita felicidad,
en la soledad,
perchero de metal,
que parece sonreir
burlándose de mí.
Entonces siento tu lejanía, algidez infernal,
y los punzantes dardos de tu desdén,
herir mi esencia con crueldad.
Eres un borrador
que de la página de mi mente,
elimina al resto de la gente,
letras muertas,
con gráciles movimientos e infinita belleza
¡Oh, cómo quisiera que con besos desvanecieras mi tristeza!
Como el cielo, celeste es tu hermosura,
pues ni el tiempo puede mellarla
y cada día amaneces
con un rostro diferente,
pero siempre apoteósica.
De ojos a veces negros y otras azules,
el firmamento,
es el espejo que refleja mi pena,
el pozo de los deseos
donde una vez,
hace mucho tiempo,
lancé una moneda de oro y otra de plata,
pidiendo que me amaras... y aún espero...
Estar sin ti, es la muerte más dolorosa
que vivo a diario,
sintiendo el fuego del amor incinerándome
el corazón hasta pulverizarlo,
para luego hacerlo renacer
cual ave fénix
en un ciclo interminable...
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