carlos lopez dzur
Poeta que considera el portal su segunda casa
Un día se despertó el amor.
Me obsequiaron su luz con las palabras
y por su causa nacieron otras nuevas.
Fue que ella, Tijuana, me dijo: «Te amo»
y me sentí tan fresco, tan amanecido
que pienso que acabo de nacer
(no entre las rejas del bote, la chirola,
que me graba un cochino historial de accidentado)
sino del frío, el polen, de la cruz del algún pudor
que clavó su canto de fragancia en mis adentros.
Estoy tan elevado, tan esclarecido
a pesar de tanta erranza y pública interpretatividad
que pienso que hay que comenzar a escribirme
desde hoy como si echara texturas nuevas
en mi piel y en tus calles, Tijuana,
y como si la rosadez de ese fruto,
que es tu renacimiento, tu simiente,
fuese mía desde todos los días y los siglos.
Me cuece el sol de Aztlán, al calor
de anhelos, que están en tus engramas
más profundos...
1980. Tijuana, Baja California.
Me obsequiaron su luz con las palabras
y por su causa nacieron otras nuevas.
Fue que ella, Tijuana, me dijo: «Te amo»
y me sentí tan fresco, tan amanecido
que pienso que acabo de nacer
(no entre las rejas del bote, la chirola,
que me graba un cochino historial de accidentado)
sino del frío, el polen, de la cruz del algún pudor
que clavó su canto de fragancia en mis adentros.
Estoy tan elevado, tan esclarecido
a pesar de tanta erranza y pública interpretatividad
que pienso que hay que comenzar a escribirme
desde hoy como si echara texturas nuevas
en mi piel y en tus calles, Tijuana,
y como si la rosadez de ese fruto,
que es tu renacimiento, tu simiente,
fuese mía desde todos los días y los siglos.
Me cuece el sol de Aztlán, al calor
de anhelos, que están en tus engramas
más profundos...
1980. Tijuana, Baja California.