carlos lopez dzur
Poeta que considera el portal su segunda casa
No me quejo de la casa donde vivo.
Vulnerable es, como si choza fuera de yagua.
Y tiene añeja piel, zócalos grises.
Con el viento de tormentas en agosto,
tiembla, cruje, se resfría como yo,
padece soledades.
No. Si me quejara,
sus puertas tirarían de narices
mi corazón con que soñara
la fe de sus cimientos,
la intimidad de sus vestíbulos,
la altura y amplitud de sus recámaras
y sus salas con artesonados viejos,
tallados a mano con devoción mantuana.
Las calles aledañas cortan
el lenguaje vacío y rencilloso,
pero la casa y yo nos guardamos
en celo, uno a otro, pues queremos ser
baluartes de lo que en cálido balconzuelo
es el tefillim / mezuzah,
poste mosaico, lo sagrado.
Mi casa funda la libertad
con las ventanas abiertas
y en el jardín
hay alegrías que florecen;
pero sus paredes ya tienen agujeros
y un golpe de provocaciones
llovió sobre las puertas.
La cicatriz sigue abierta;
el hueso quebrantado.
No, si me quejara...
dejaría de amar a las hormigas
que se divierten sobre los pilares
y llevan sus cabecitas negras y nerviosas
a una antena que me sabe a nostalgia,
mi infancia y mis juegos con ranas
que cerca de mis pozos hicieron escondites.
Una araña teje, tan alta bajo el techo
que jamás hallé un artificio de destierro...
Hay ratas peores, no me quejo.
Peores que las que chillan
en los sótanos de mi casa en estío
(las que ahora pernoctan sin permiso
y lamen los baúles donde están mis recuerdos).
Mis abuelos, mis antepasados y mi padre,
las llamaron caínes, ratas perseguidoras,
venenosas, falanges de la Guerra Civil,
ultraderechas que han mordido
en corazones, que han arrebatado y seducido
a mucho más que bichos y viejas cartas,
y fotos y libros,
sentimientos.
Las polillas no se comen los huesos.
Los milicos sí; desaparecen sangrientamente
a las generaciones de hombres de cedro puro,
luchadores con huesos más nobles que los suyos.
Del libro «La casa», que fue mi primer libro y del que salvé algunos poemas
http://es.geocities.com/baudelaire1998/antologiafamilia1.html
El poema es un recuerdo de ataques sufridos en la casa familiar, por estar identificada con un cajoncito en el pórtico de balcón, costumbre de las familias judías. Tefillim: cajitas negras que contienen porciones de la Torah / o un rollo de mezuzah. Cuando yo era niño, mi abuela me regaló el primer de tefillim. Es la manera de los padres en educar a los hijos en la Fe.
Vulnerable es, como si choza fuera de yagua.
Y tiene añeja piel, zócalos grises.
Con el viento de tormentas en agosto,
tiembla, cruje, se resfría como yo,
padece soledades.
No. Si me quejara,
sus puertas tirarían de narices
mi corazón con que soñara
la fe de sus cimientos,
la intimidad de sus vestíbulos,
la altura y amplitud de sus recámaras
y sus salas con artesonados viejos,
tallados a mano con devoción mantuana.
Las calles aledañas cortan
el lenguaje vacío y rencilloso,
pero la casa y yo nos guardamos
en celo, uno a otro, pues queremos ser
baluartes de lo que en cálido balconzuelo
es el tefillim / mezuzah,
poste mosaico, lo sagrado.
Mi casa funda la libertad
con las ventanas abiertas
y en el jardín
hay alegrías que florecen;
pero sus paredes ya tienen agujeros
y un golpe de provocaciones
llovió sobre las puertas.
La cicatriz sigue abierta;
el hueso quebrantado.
No, si me quejara...
dejaría de amar a las hormigas
que se divierten sobre los pilares
y llevan sus cabecitas negras y nerviosas
a una antena que me sabe a nostalgia,
mi infancia y mis juegos con ranas
que cerca de mis pozos hicieron escondites.
Una araña teje, tan alta bajo el techo
que jamás hallé un artificio de destierro...
Hay ratas peores, no me quejo.
Peores que las que chillan
en los sótanos de mi casa en estío
(las que ahora pernoctan sin permiso
y lamen los baúles donde están mis recuerdos).
Mis abuelos, mis antepasados y mi padre,
las llamaron caínes, ratas perseguidoras,
venenosas, falanges de la Guerra Civil,
ultraderechas que han mordido
en corazones, que han arrebatado y seducido
a mucho más que bichos y viejas cartas,
y fotos y libros,
sentimientos.
Las polillas no se comen los huesos.
Los milicos sí; desaparecen sangrientamente
a las generaciones de hombres de cedro puro,
luchadores con huesos más nobles que los suyos.
Del libro «La casa», que fue mi primer libro y del que salvé algunos poemas
http://es.geocities.com/baudelaire1998/antologiafamilia1.html
El poema es un recuerdo de ataques sufridos en la casa familiar, por estar identificada con un cajoncito en el pórtico de balcón, costumbre de las familias judías. Tefillim: cajitas negras que contienen porciones de la Torah / o un rollo de mezuzah. Cuando yo era niño, mi abuela me regaló el primer de tefillim. Es la manera de los padres en educar a los hijos en la Fe.