ixtab
Poeta recién llegado
Epitafio
Es cierto, la espada de la ira desmembró sus huesos húmeros,
los hiatos saltarines del viejo espantapájaros,
rondín de celajes con cuños de fuerzas etéreas,
arquitecto novel de estepas y mortajas faraonescas
que entrelazan el urdimbre paracaídas
de tus pañales con los sesos de los lugartenientes,
mi querido amigo, eres el molinete y la tartana;
Hougomont despide esa hiedra de su testuz dada alcor
y blanquecina con su cal tu risueña frente
de breve esperanza, esa de granos y maduro arroz.
Caigo en el remolino de escalinatas,
me devuelvo las cicatrices, el doctor de cada peldaño,
exangüe mis neuronas penetran el eléctrico hipotálamo;
es nervio, dios de las flamas; el candil purpúrea
escupe su halito y es una bomba, un napalm;
el castillo, sí en ese lugar de travesuras,
tragaba de un torso cercenado un troll ciego
y a este las patas se le derretían, un dragón moría de pie,
el acido de la cocina claveteaba sus alones
hasta que al fin cruzó el hemisferio del feo zaguán,
embeleso por un dinamo, la aguja de plata
franqueo el zurdo lado de mi pecho.
La menguante de topacios fúnebres
y soliloquios eternos en tumbas de coraza,
la palestra de tintineantes cadenas
el estero junto al estanque,
una rana violando a un sapo,
tu fisonomía de mota, tu rostro de cristal,
con un café fermentando en la pértiga
sacare del cojín el mejor tabaco,
ese de anillo de oro y enviudare,
de todo ese circulo panonico y de vudues
mi famélica krishna ahorcada
y de pinchadas retinas con bosquejos de albur,
pues me ciego al mirarte, al otear
en tus pupilas de malta y diamantinas
un jugo de sábila escurre tal semen,
tal vagina lubricada,
tal lágrima macabra de un oboe,
tu poema de la muerte es tal hecho,
mancebo del supukku,
tradición escolástica del camino bushido,
harakiri occidental, amante de las coplas
de Ixtab, de la diosa inmortal.
Intenta explicar esto, poeta come leones
en la guarida de piedra, tu discípulo remeció la exégesis
y de su afasia en una pleamar de cornocupias
una jitanjáfora prendía un reloj ebúrneo de cada jirafa,
albina como la nieve, diáfana es el dosel;
desearías un entrambos de juncos
en tu camastro de caoba, un ritual de saxo;
pero lloras, la música se englutina a las tapias
y el óbito no posee banderas,
será un ciudad de leñas y locas en piras,
un teatro kabuki sin personaje principal,
es la daga, el shamsir para el sol tuerto,
la cimitarra para el hambre, el agua para el preso,
no hay más balas en la rivera Aqueronte
la ultima góndola transporta a Jean Valjean
al inicio capicúa del órgano technicolor,
que resolla en el corvado lomo de las cuevas
calcinando la estratosfera del Eliseo.
Tiembla Dios, tambalea el mundo,
la resaca de toda esa desesperación enarbola
la aldaba que cuelga de las fauces del diablo,
este esputa una inmensa flema
delinea los senos de un atolón,
se forman islas, se envalentonan las parias
un caballo de madera tal Troya
se aparean creando más genios en fotografías;
el cielo corta su manto negro,
se inmuta ante su velo blanco,
los colores de la sangre gotean en cada bota,
los símbolos del sudor decoran el techo,
la aguamarina se amelcocha en brea,
entre jinetes se atacan, el sur quebró su pacto,
la Pangea acaba de vomitar
cuatro hectáreas de carmín latifundios,
un misántropo dactila la biogénesis
en su huella digital,
Buda renace en una grulla prístina,
un taco de sierpe cascabel de 1986 metros
aplasta su pico,
la grama se embaraza de los glóbulos,
en ese craso oasis nace un nido,
acunan el arrecife de rubí y al oso panda
mientras el loco toca el laúd
calmando a los meteoros
cesando los rasguños de las sombras en complot,
el suicidio es un tenebroso paisaje de libros abiertos,
recita, Dorah,
es un honor morir entre tus ojos,
responde mi corazón,
entonces en ese despertar del vampiro
entre mil albas refregando corazones de añil
mueren dos semidioses,
mientras la luna
reverbera juiciosa
mi epitafio.
Adiós...
Es cierto, la espada de la ira desmembró sus huesos húmeros,
los hiatos saltarines del viejo espantapájaros,
rondín de celajes con cuños de fuerzas etéreas,
arquitecto novel de estepas y mortajas faraonescas
que entrelazan el urdimbre paracaídas
de tus pañales con los sesos de los lugartenientes,
mi querido amigo, eres el molinete y la tartana;
Hougomont despide esa hiedra de su testuz dada alcor
y blanquecina con su cal tu risueña frente
de breve esperanza, esa de granos y maduro arroz.
Caigo en el remolino de escalinatas,
me devuelvo las cicatrices, el doctor de cada peldaño,
exangüe mis neuronas penetran el eléctrico hipotálamo;
es nervio, dios de las flamas; el candil purpúrea
escupe su halito y es una bomba, un napalm;
el castillo, sí en ese lugar de travesuras,
tragaba de un torso cercenado un troll ciego
y a este las patas se le derretían, un dragón moría de pie,
el acido de la cocina claveteaba sus alones
hasta que al fin cruzó el hemisferio del feo zaguán,
embeleso por un dinamo, la aguja de plata
franqueo el zurdo lado de mi pecho.
La menguante de topacios fúnebres
y soliloquios eternos en tumbas de coraza,
la palestra de tintineantes cadenas
el estero junto al estanque,
una rana violando a un sapo,
tu fisonomía de mota, tu rostro de cristal,
con un café fermentando en la pértiga
sacare del cojín el mejor tabaco,
ese de anillo de oro y enviudare,
de todo ese circulo panonico y de vudues
mi famélica krishna ahorcada
y de pinchadas retinas con bosquejos de albur,
pues me ciego al mirarte, al otear
en tus pupilas de malta y diamantinas
un jugo de sábila escurre tal semen,
tal vagina lubricada,
tal lágrima macabra de un oboe,
tu poema de la muerte es tal hecho,
mancebo del supukku,
tradición escolástica del camino bushido,
harakiri occidental, amante de las coplas
de Ixtab, de la diosa inmortal.
Intenta explicar esto, poeta come leones
en la guarida de piedra, tu discípulo remeció la exégesis
y de su afasia en una pleamar de cornocupias
una jitanjáfora prendía un reloj ebúrneo de cada jirafa,
albina como la nieve, diáfana es el dosel;
desearías un entrambos de juncos
en tu camastro de caoba, un ritual de saxo;
pero lloras, la música se englutina a las tapias
y el óbito no posee banderas,
será un ciudad de leñas y locas en piras,
un teatro kabuki sin personaje principal,
es la daga, el shamsir para el sol tuerto,
la cimitarra para el hambre, el agua para el preso,
no hay más balas en la rivera Aqueronte
la ultima góndola transporta a Jean Valjean
al inicio capicúa del órgano technicolor,
que resolla en el corvado lomo de las cuevas
calcinando la estratosfera del Eliseo.
Tiembla Dios, tambalea el mundo,
la resaca de toda esa desesperación enarbola
la aldaba que cuelga de las fauces del diablo,
este esputa una inmensa flema
delinea los senos de un atolón,
se forman islas, se envalentonan las parias
un caballo de madera tal Troya
se aparean creando más genios en fotografías;
el cielo corta su manto negro,
se inmuta ante su velo blanco,
los colores de la sangre gotean en cada bota,
los símbolos del sudor decoran el techo,
la aguamarina se amelcocha en brea,
entre jinetes se atacan, el sur quebró su pacto,
la Pangea acaba de vomitar
cuatro hectáreas de carmín latifundios,
un misántropo dactila la biogénesis
en su huella digital,
Buda renace en una grulla prístina,
un taco de sierpe cascabel de 1986 metros
aplasta su pico,
la grama se embaraza de los glóbulos,
en ese craso oasis nace un nido,
acunan el arrecife de rubí y al oso panda
mientras el loco toca el laúd
calmando a los meteoros
cesando los rasguños de las sombras en complot,
el suicidio es un tenebroso paisaje de libros abiertos,
recita, Dorah,
es un honor morir entre tus ojos,
responde mi corazón,
entonces en ese despertar del vampiro
entre mil albas refregando corazones de añil
mueren dos semidioses,
mientras la luna
reverbera juiciosa
mi epitafio.
Adiós...