A mi padre, Don Paco

jabbier

Poeta recién llegado
I
Los años que desprende el infinito
de su oceano de tiempos vueltos lumbre
me enseñaron qué tanto necesito
de tu mano, tu guía y tu reciedumbre
cuanto más el camino que transito
se prolonga y me aleja de la cumbre.

Recargado en tu hombro no me aflijo;
es oasis de aliento y es sendero
para alcanzar las metas que me exijo
por verme realizado y por que quiero
mirarte satisfecho de tu hijo.

II
Ahora que está viva nuestra historia
y encuentro tu mirada con la mía,
quiero dejar prendida en tu memoria
con la diafanidad que engendra al día
la palabra que en mí ya desespera.
De qué puede servir una elegía
que cante las virtudes, lisonjera,
cuando se deshabita en la profunda
y eterna oscuridad de paramera.
Y puede hacer la noche que se hunda
en mi pecho, primero, la mirada,
y acabe, esa palabra que me inunda,
errante en el insomnio, inanimada.

A ti, fontana y faro de los sabios,
quiero que mi canción enamorada
llegue, más que fluyendo de los labios,
con el vigor profundo de la tierra
y el ímpetu del agua sin resabios.

Cuánto tiempo te hice yo la guerra
ondeando el estandarte desastrado
del fatuo adolescente que se aferra
al yerro del camino, y derrotado
quedé siempre después de la batalla
y hallé siempre que estaba perdonado,
que me abrías tu alma y tu atalaya
para lavar paciente mis heridas
y colmar generoso mi vitualla.

Cuántas horas con sal humedecidas
fermentaron en mí para entender
tu milagro: tus manos repetidas
en la diaria faena de proveer
fortaleza y amor para vivir,
horizonte y un pan para crecer.

Te diste, padre, entero sin pedir
a cambio ni siquiera la palabra
que a tu paso hoy quisiera repetir
hasta que la garganta se me abra:

Gracias, por darle sabia con tu esencia
a esta espiga de sangre que se labra;
gracias, por darle luz con la presencia
del altar de tus ojos memorables;
gracias, por tu sonrisa y transparencia,
por tu voz y tu abrazo indoblegables
que me das como amigo y compañero
para hacer mis caminos transitables.

A Dios, que me enseñaste, pedir quiero
que nunca más por mí bajes la frente,
y si vuelvo a nacer yo sólo espero
que me encauce de nuevo en tu simiente.
 
I
Los años que desprende el infinito
de su oceano de tiempos vueltos lumbre
me enseñaron qué tanto necesito
de tu mano, tu guía y tu reciedumbre
cuanto más el camino que transito
se prolonga y me aleja de la cumbre.

Recargado en tu hombro no me aflijo;
es oasis de aliento y es sendero
para alcanzar las metas que me exijo
por verme realizado y por que quiero
mirarte satisfecho de tu hijo.

II
Ahora que está viva nuestra historia
y encuentro tu mirada con la mía,
quiero dejar prendida en tu memoria
con la diafanidad que engendra al día
la palabra que en mí ya desespera.
De qué puede servir una elegía
que cante las virtudes, lisonjera,
cuando se deshabita en la profunda
y eterna oscuridad de paramera.
Y puede hacer la noche que se hunda
en mi pecho, primero, la mirada,
y acabe, esa palabra que me inunda,
errante en el insomnio, inanimada.

A ti, fontana y faro de los sabios,
quiero que mi canción enamorada
llegue, más que fluyendo de los labios,
con el vigor profundo de la tierra
y el ímpetu del agua sin resabios.

Cuánto tiempo te hice yo la guerra
ondeando el estandarte desastrado
del fatuo adolescente que se aferra
al yerro del camino, y derrotado
quedé siempre después de la batalla
y hallé siempre que estaba perdonado,
que me abrías tu alma y tu atalaya
para lavar paciente mis heridas
y colmar generoso mi vitualla.

Cuántas horas con sal humedecidas
fermentaron en mí para entender
tu milagro: tus manos repetidas
en la diaria faena de proveer
fortaleza y amor para vivir,
horizonte y un pan para crecer.

Te diste, padre, entero sin pedir
a cambio ni siquiera la palabra
que a tu paso hoy quisiera repetir
hasta que la garganta se me abra:

Gracias, por darle sabia con tu esencia
a esta espiga de sangre que se labra;
gracias, por darle luz con la presencia
del altar de tus ojos memorables;
gracias, por tu sonrisa y transparencia,
por tu voz y tu abrazo indoblegables
que me das como amigo y compañero
para hacer mis caminos transitables.

A Dios, que me enseñaste, pedir quiero
que nunca más por mí bajes la frente,
y si vuelvo a nacer yo sólo espero
que me encauce de nuevo en tu simiente.

Hermosa elegía a tu padre...un placer pasar por aquí.
abrazos Margot
 
I
Los años que desprende el infinito
de su oceano de tiempos vueltos lumbre
me enseñaron qué tanto necesito
de tu mano, tu guía y tu reciedumbre
cuanto más el camino que transito
se prolonga y me aleja de la cumbre.

Recargado en tu hombro no me aflijo;
es oasis de aliento y es sendero
para alcanzar las metas que me exijo
por verme realizado y por que quiero
mirarte satisfecho de tu hijo.

II
Ahora que está viva nuestra historia
y encuentro tu mirada con la mía,
quiero dejar prendida en tu memoria
con la diafanidad que engendra al día
la palabra que en mí ya desespera.
De qué puede servir una elegía
que cante las virtudes, lisonjera,
cuando se deshabita en la profunda
y eterna oscuridad de paramera.
Y puede hacer la noche que se hunda
en mi pecho, primero, la mirada,
y acabe, esa palabra que me inunda,
errante en el insomnio, inanimada.

A ti, fontana y faro de los sabios,
quiero que mi canción enamorada
llegue, más que fluyendo de los labios,
con el vigor profundo de la tierra
y el ímpetu del agua sin resabios.

Cuánto tiempo te hice yo la guerra
ondeando el estandarte desastrado
del fatuo adolescente que se aferra
al yerro del camino, y derrotado
quedé siempre después de la batalla
y hallé siempre que estaba perdonado,
que me abrías tu alma y tu atalaya
para lavar paciente mis heridas
y colmar generoso mi vitualla.

Cuántas horas con sal humedecidas
fermentaron en mí para entender
tu milagro: tus manos repetidas
en la diaria faena de proveer
fortaleza y amor para vivir,
horizonte y un pan para crecer.

Te diste, padre, entero sin pedir
a cambio ni siquiera la palabra
que a tu paso hoy quisiera repetir
hasta que la garganta se me abra:

Gracias, por darle sabia con tu esencia
a esta espiga de sangre que se labra;
gracias, por darle luz con la presencia
del altar de tus ojos memorables;
gracias, por tu sonrisa y transparencia,
por tu voz y tu abrazo indoblegables
que me das como amigo y compañero
para hacer mis caminos transitables.

A Dios, que me enseñaste, pedir quiero
que nunca más por mí bajes la frente,
y si vuelvo a nacer yo sólo espero
que me encauce de nuevo en tu simiente.

Bella inspiracion, llena del amor verdadero...a ese ser que nos dio su vida entera y su sabiduria.Es un placer encontrarme con tu lindisima inspiracion...Mis saludos y mis estrellas.
 

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