Vivimos en un mundo que cree y no cree, pero que tiene una imperiosa necesidad de certidumbre. El hombre incrédulo se entretiene con dioses y demonios como un acto de imaginación, no de vivencia. Si viviera la experiencia realmente sería exagerado con sus palabras e imágenes; no serían tan delirantes las aproximaciones al Erebo... pero, ¿qué tal aquellos pocos a quienes, por su crecimiento espiritual, les ha sido dado el diálogo con tales entidades? y pueden decir al mundo que los ángeles existen de facto y que se comunican... si la gente incrédula creyera, confirmara, entendiera de veras este asunto, mucha de nuestra poesía sería más respetada... pero una cosa sé... aún entre los que más rotundamente niegan que la energía, como consciencia viva, se manifiesta en otros planos de existencia y son posibles sincronicidades / comunicaciones de nuestra mente con otros pobladores de la realidad, aún entre ellos, hay el anhelo de ese encuentro... Este poema que leo revela ese anhelo muy bellamente y no dudo que esa evocación constante la lleve a un encuentro angélico en la vida real... y cuando eso sucede, la vida cambia. Nuestro lenguaje cambia. Nuestra misión, nuestro arte y percepciones, nuestra moral... es una experiencia maravillosa que un ángel nos visite; más maravilloso (experiencia que me falta vivir) que pueda ir a sus hiperespacios, a voluntad; aunque en sueños se puede aprender un poco para saciar la curiosidad...
saludos,
carlos