Qalat Chabir
Poeta que considera el portal su segunda casa
No pretendo nada de ti,
sólo que me acompañes,
sólo que me ames.
Te abrazas a mí
con la impaciencia del sol
por recoger la vida de las cosas y los seres
en los domingos de invierno,
con esa prisa que da un secreto amor
en la habitación de un motel de carretera.
Y no me importa necesitarte
con las dudas de un espejo turbio
rayado por las gotas de días con lluvia.
Como la tierra que agarra
con sus benévolas manos
todo cuerpo exterior al calor
y lo atrae con fuerza
con una razón que sólo da el deseo,
así, mi cuerpo se precipita
en el crepitar terso de tu vientre
buscando el sabor duradero
de otra carne y de otra piel más cierta.
Y son las formas de un amar distraído,
de no dejar el presente en manos del futuro,
las que fabrican amables caricias
en la distancia de un hondo mar.
Esta ilusión que se recuesta en el ojo inmenso
de una pantalla de ordenador
donde en cada pulsación de tecla
descubrimos que nos extrañamos.
¿Acaso el amor no busca otras estrategias
para sobrevivir en estas ciudades de hormigón
y lobos sedientos?
Tú me abrazas con la impaciencia
del reloj por dar la hora exacta
para amarnos.
sólo que me acompañes,
sólo que me ames.
Te abrazas a mí
con la impaciencia del sol
por recoger la vida de las cosas y los seres
en los domingos de invierno,
con esa prisa que da un secreto amor
en la habitación de un motel de carretera.
Y no me importa necesitarte
con las dudas de un espejo turbio
rayado por las gotas de días con lluvia.
Como la tierra que agarra
con sus benévolas manos
todo cuerpo exterior al calor
y lo atrae con fuerza
con una razón que sólo da el deseo,
así, mi cuerpo se precipita
en el crepitar terso de tu vientre
buscando el sabor duradero
de otra carne y de otra piel más cierta.
Y son las formas de un amar distraído,
de no dejar el presente en manos del futuro,
las que fabrican amables caricias
en la distancia de un hondo mar.
Esta ilusión que se recuesta en el ojo inmenso
de una pantalla de ordenador
donde en cada pulsación de tecla
descubrimos que nos extrañamos.
¿Acaso el amor no busca otras estrategias
para sobrevivir en estas ciudades de hormigón
y lobos sedientos?
Tú me abrazas con la impaciencia
del reloj por dar la hora exacta
para amarnos.
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