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Christian
A Rosana.
Yo te sigo,
mientras vos te pavoneás
despeñando simpatía,
acumulando la costumbre de acertar
en cada uno de esos ritos tan tuyos,
esas ceremonias celestiales
casi demenciales,
infernales
nunca invernales.
Yo te sigo
sin tantear terrenos
y con la nostalgia bajo cero,
con la urgencia de mis tiempos vulnerables
con el ímpetu despiadado y enfermizo
de sabernos confinados
al conjuro que te juro
seguirá siempre vigente.
Y te sigo a pesar
de que a veces
vos me sigas
con la creencia de que eso
es lo necesario,
porque yo tengo por ciertas
todas tus necesidades,
pero también por necesarias
todas tus creencias.
Te sigo tiernamente
como una extensión del hálito
que expele tu paciencia,
como el masaje que sigue a la picazón,
como la muerte,
inexorablemente te sigo.
A veces no lo hago,
pero es sólo un instante,
como el artista que retrocede
dos o tres pasos
y contempla su obra.
Yo te sigo,
mientras vos te pavoneás
despeñando simpatía,
acumulando la costumbre de acertar
en cada uno de esos ritos tan tuyos,
esas ceremonias celestiales
casi demenciales,
infernales
nunca invernales.
Yo te sigo
sin tantear terrenos
y con la nostalgia bajo cero,
con la urgencia de mis tiempos vulnerables
con el ímpetu despiadado y enfermizo
de sabernos confinados
al conjuro que te juro
seguirá siempre vigente.
Y te sigo a pesar
de que a veces
vos me sigas
con la creencia de que eso
es lo necesario,
porque yo tengo por ciertas
todas tus necesidades,
pero también por necesarias
todas tus creencias.
Te sigo tiernamente
como una extensión del hálito
que expele tu paciencia,
como el masaje que sigue a la picazón,
como la muerte,
inexorablemente te sigo.
A veces no lo hago,
pero es sólo un instante,
como el artista que retrocede
dos o tres pasos
y contempla su obra.