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Anaile

Dick

Poeta recién llegado
Anaile

De pronto es su nombre,
En la penumbra del silencio, en el mar altivo,
En la noche que ahora nos sigue sigilosa y que la ha dejado junto a mí,
Es ella con esa pulcritud de niña dios que no la deja ser ella, ser mortal,
Que la persigue en sus segundos y en sus rumbos, marcados en esos ojos negruzcos de hechicera que me embrujaron desde el primer pre-sitio, y que me llevan otra vez a este destino mutuo, con ella compartido, y me hace titubear si sigo en pie o me doblego ante ella, y su carisma empedernido, aventurero, que va en mi búsqueda, y viene de nuevo aquí, me halla, en el cuarto desolado, sin tiempo, encuentra el tesoro perdido, se acerca a mis labios que salen al encuentro de los suyos, y se hacen uno, en una aleación de amor, en un beso sello de la alianza, se hacen fuertes, buscan poder, buscan conquistar el mundo.

Ella viene incandescente, se hace chispa, carbón, y me acoge en su negro corazón de mariposa negra, que me hace ceder con sus alas de magia, encanto, que me dominan con conjuro y me hacen seguirla, alcanzarlas a cualquier espacio.

Ella viene a mis dominios indefensa, inofensiva, en busca de ayuda, y se cobija en mí, es fibra, flor, pétalo de nieve, se duerme, ángel inocente, niña; me deslizo entre sus cabellos, siempre únicos, que van trepando suavemente en el viento, van girando, haciendo formas, parece volar, va danzando, como haciendo señas, como llamándome a su perfección, quedo absorto, aturdido, en ese vaivén divino, en la eterna magia que la va rodeando hasta llenarla por completo y se convierte en algo grandioso, aún más, en un Coloso de Rodas lleno de esa magia, esa belleza.

Se hace dios, diosa, ambos a la vez, unidos; con su faz y su sonrisa indescriptibles que me hacen volver al cielo, sentir que recién salgo de él, soy un niño de nuevo, y me abrigo como frágil ovillo en sus caricias, escultoras de vida, y me sumerjo en ellas… pero abro mis ojos para saber que esto todavía es cierto.

Ella va mirando el horizonte, como queriendo huir, queriendo tal vez llevarme con ella, lejos de todos y ser sólo dos, nosotros…, y nada, nada más. Me asomo con ella por donde asoma el sol, contemplando (nos) (lo) (la).
 
Anaile

De pronto es su nombre,
En la penumbra del silencio, en el mar altivo,
En la noche que ahora nos sigue sigilosa y que la ha dejado junto a mí,
Es ella con esa pulcritud de niña dios que no la deja ser ella, ser mortal,
Que la persigue en sus segundos y en sus rumbos, marcados en esos ojos negruzcos de hechicera que me embrujaron desde el primer pre-sitio, y que me llevan otra vez a este destino mutuo, con ella compartido, y me hace titubear si sigo en pie o me doblego ante ella, y su carisma empedernido, aventurero, que va en mi búsqueda, y viene de nuevo aquí, me halla, en el cuarto desolado, sin tiempo, encuentra el tesoro perdido, se acerca a mis labios que salen al encuentro de los suyos, y se hacen uno, en una aleación de amor, en un beso sello de la alianza, se hacen fuertes, buscan poder, buscan conquistar el mundo.

Ella viene incandescente, se hace chispa, carbón, y me acoge en su negro corazón de mariposa negra, que me hace ceder con sus alas de magia, encanto, que me dominan con conjuro y me hacen seguirla, alcanzarlas a cualquier espacio.

Ella viene a mis dominios indefensa, inofensiva, en busca de ayuda, y se cobija en mí, es fibra, flor, pétalo de nieve, se duerme, ángel inocente, niña; me deslizo entre sus cabellos, siempre únicos, que van trepando suavemente en el viento, van girando, haciendo formas, parece volar, va danzando, como haciendo señas, como llamándome a su perfección, quedo absorto, aturdido, en ese vaivén divino, en la eterna magia que la va rodeando hasta llenarla por completo y se convierte en algo grandioso, aún más, en un Coloso de Rodas lleno de esa magia, esa belleza.

Se hace dios, diosa, ambos a la vez, unidos; con su faz y su sonrisa indescriptibles que me hacen volver al cielo, sentir que recién salgo de él, soy un niño de nuevo, y me abrigo como frágil ovillo en sus caricias, escultoras de vida, y me sumerjo en ellas… pero abro mis ojos para saber que esto todavía es cierto.

Ella va mirando el horizonte, como queriendo huir, queriendo tal vez llevarme con ella, lejos de todos y ser sólo dos, nosotros…, y nada, nada más. Me asomo con ella por donde asoma el sol, contemplando (nos) (lo) (la).



Hermosos versos llenos de imágenes geniales, me gustó mucho. quizá deberías desplegarlo un poco para su fácil y mejor lectura y cuidar unas cuantas mayúsculas que se te escaparon en los primeros versos.
Todo un placer haber recorrido tus letras.
un abrazo fuerte.
 

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