Tan sólo nos miramos y se voló al instante,
cualquier duda que antes pudiera preocuparnos,
sumisos nuestros ojos se dieron a los otros,
y a mundos imposibles se vieron transportados.
Hoy aquella mirada sigue viva y ardiendo,
cosida por los besos que siempre profesamos,
a nuestra piel asida por poros infinitos,
donde el amor navega y vuela sin parar.
Yo soy el marinero tú, mi eterno almirante,
tormentas de ilusiones nos llueven si cesar
y en olas de pasiones siempre nos enredamos,
sin miedo a que su fuerza nos pueda devastar.
Nuestro timón tan fuerte por el amor unido,
siempre a puertos de flores nos lleva a recalar,
y en brisas de locura nos enredan la tardes
meciendo nuestro nido con flores de azahar.
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