Chepeleon Arguello
Poeta veterano en el Portal
¡Creced, polvo, creced
sobre la inútil vanidad humana!
Álvaro Urtecho:
(Intermezzo en el bosque)
Sin la cadencia acostumbrada
se deshojan las enardecidas vocales.
Los verbos al borde del silencio
sin ser conjugados se transmutan
pronosticando el ingrávido adiós.
Caducan sin tiempo las crudas consonantes
ebrias de enojos en la pausa hiriente que suda el ambiente.
Las horas desangran con cinismo la imprecisa espera
los idolatrados libros y sus misérrimos secretos
en el oscuro cuarto de la imaginación pronostican
el ingrávido y maligno olvido que clavara
la ociosa rutina al verso muerto;
Entonces, encontrara descanso la sombra del poeta en
nuestro mal acostumbrado olvido.
II
A gritos dementes, la parca como final fue aclamada
de súbito se rindieron los inasibles ánimos,
y la continuidad de su pluma no hallaba más huella.
Prudentes silencios detonaron el ademán de la carne
al retorcerse, al revolcarse en el orgasmo
intermitente de la placida muerte.
En su rostro atascados los signos en el estertor
del cuerpo, denuncian sin la altivez heredada en
la pupila cansada, la febril brutal e inesperada realidad
sedimentando los alargados adioses que evitamos
y ya tarde, queremos abrazar al final del camino.
Labios mustios, abrevando la túnica
de un último poema que se hace carne
martirizante, efervescente, esgrimiendo el desenlace.
De súbito el dolor mísero de la carne se impone
colapsa la nutrida e insana realidad
sobre el tuétano de una simple lágrima.
¡Oh, las espinas del cansado final!
¡Oh, los clavos en las sienes del hastiado cuerpo!
¡Oh, las visiones de tormento y resurrección!
¡Lázaro!
¡Lázaro! ¡Los cansados pasos del fiel Álvaro te buscan!
Se desangran los suspiros,
la mirada del genio y su posiblilidad creativa se desvanece
en un punto estático y alucina con despedidas.
¡Recrudece los espasmos del dolor!
En la mirada el triste desconcierto del mortal
la incontinencia ante el miedo
el perverso miedo al no encontrar
la aceptación imaginada al final del trayecto.
¡Oh, insignificante humano!
Alevoso Azrael
de una vez por toda, cubre el cuerpo del Poeta
con tus alas para darle final a su dolor
¡Ha muerto el Poeta!
¡El Poeta ha muerto!
¡Que lo sepan los cuatro viento¡
¡De aquí al cielo, de aquí al infierno!
El de la mirada justa, el bohemio de los versos
pulidos en la soledad. El que vivió sin miedo
el de la franca palabra, el inquisidor de los
estados mentales.
Tras la cortina del dolor lo esperan ansiosamente
todos Ellos, los de los imperdonables recuerdos
y majestuosas imágenes
para continuar la eterna charla interrumpida y tocar
con los versos impíos las sandalias de los dioses.
Lo lloran los sádicos, imitadores dementes
los que han hecho culto a los poetas malditos
y todo por tener más que sangre en las venas.
Lo lloran los asiduos a prostituir la mentiras, con la palabra
los de complicado y agitado vivir
vagabundos que armonizan con el verbo trasnochado
los que sangran con sigilosas imágenes el sarcástico silencio
rebuscando la imprudente realidad a deshoras.
Movedizos sueños
escarpados amaneceres; te impusiste estoico a Ellos
labrador de tornasolados versos, duerme la mentira
la continuidad del mágico poema que todos
buscamos en vida y que nadie podrá leer
porque Vos, lo viviste en vida...
¡Álvaro!
Álvaro.
——————
Palabras de mi tío: Álvaro Urtecho:
Mis padres querían que fuera médico, siguiendo la tradición familiar, alegando que en esa profesión podía darle rienda suelta a mis inquietudes literarias. Pero yo, rechazando consejos y yéndome por el lema de todo o nada, decidí ser integralmente poeta, lector de tiempo completo, disfrutando la lectura de manera sensual, como quiere Roland Barthes con su expresión del plaisir du texte, y no de la manera analítica y fría en que la practican los profesores por obligación.
Así que me orienté por lo que el sermo vulgaris considera una vagancia, una trashumancia, una pérdida lamentable de tiempo, un onanismo, una irresponsabilidad, una enfermedad y una locura: La poesía, que es, a mi juicio, lo más serio y sagrado del mundo, una actividad puramente gratuita, inútil desde el punto de vista material, pero profundamente espiritual, que tiene de mística, de crítica social y de confesión psiquiátrica.
Álvaro Urtecho Lacayo
sobre la inútil vanidad humana!
Álvaro Urtecho:
(Intermezzo en el bosque)
Sin la cadencia acostumbrada
se deshojan las enardecidas vocales.
Los verbos al borde del silencio
sin ser conjugados se transmutan
pronosticando el ingrávido adiós.
Caducan sin tiempo las crudas consonantes
ebrias de enojos en la pausa hiriente que suda el ambiente.
Las horas desangran con cinismo la imprecisa espera
los idolatrados libros y sus misérrimos secretos
en el oscuro cuarto de la imaginación pronostican
el ingrávido y maligno olvido que clavara
la ociosa rutina al verso muerto;
Entonces, encontrara descanso la sombra del poeta en
nuestro mal acostumbrado olvido.
II
A gritos dementes, la parca como final fue aclamada
de súbito se rindieron los inasibles ánimos,
y la continuidad de su pluma no hallaba más huella.
Prudentes silencios detonaron el ademán de la carne
al retorcerse, al revolcarse en el orgasmo
intermitente de la placida muerte.
En su rostro atascados los signos en el estertor
del cuerpo, denuncian sin la altivez heredada en
la pupila cansada, la febril brutal e inesperada realidad
sedimentando los alargados adioses que evitamos
y ya tarde, queremos abrazar al final del camino.
Labios mustios, abrevando la túnica
de un último poema que se hace carne
martirizante, efervescente, esgrimiendo el desenlace.
De súbito el dolor mísero de la carne se impone
colapsa la nutrida e insana realidad
sobre el tuétano de una simple lágrima.
¡Oh, las espinas del cansado final!
¡Oh, los clavos en las sienes del hastiado cuerpo!
¡Oh, las visiones de tormento y resurrección!
¡Lázaro!
¡Lázaro! ¡Los cansados pasos del fiel Álvaro te buscan!
Se desangran los suspiros,
la mirada del genio y su posiblilidad creativa se desvanece
en un punto estático y alucina con despedidas.
¡Recrudece los espasmos del dolor!
En la mirada el triste desconcierto del mortal
la incontinencia ante el miedo
el perverso miedo al no encontrar
la aceptación imaginada al final del trayecto.
¡Oh, insignificante humano!
Alevoso Azrael
de una vez por toda, cubre el cuerpo del Poeta
con tus alas para darle final a su dolor
¡Ha muerto el Poeta!
¡El Poeta ha muerto!
¡Que lo sepan los cuatro viento¡
¡De aquí al cielo, de aquí al infierno!
El de la mirada justa, el bohemio de los versos
pulidos en la soledad. El que vivió sin miedo
el de la franca palabra, el inquisidor de los
estados mentales.
Tras la cortina del dolor lo esperan ansiosamente
todos Ellos, los de los imperdonables recuerdos
y majestuosas imágenes
para continuar la eterna charla interrumpida y tocar
con los versos impíos las sandalias de los dioses.
Lo lloran los sádicos, imitadores dementes
los que han hecho culto a los poetas malditos
y todo por tener más que sangre en las venas.
Lo lloran los asiduos a prostituir la mentiras, con la palabra
los de complicado y agitado vivir
vagabundos que armonizan con el verbo trasnochado
los que sangran con sigilosas imágenes el sarcástico silencio
rebuscando la imprudente realidad a deshoras.
Movedizos sueños
escarpados amaneceres; te impusiste estoico a Ellos
labrador de tornasolados versos, duerme la mentira
la continuidad del mágico poema que todos
buscamos en vida y que nadie podrá leer
porque Vos, lo viviste en vida...
¡Álvaro!
Álvaro.
——————
Palabras de mi tío: Álvaro Urtecho:
Mis padres querían que fuera médico, siguiendo la tradición familiar, alegando que en esa profesión podía darle rienda suelta a mis inquietudes literarias. Pero yo, rechazando consejos y yéndome por el lema de todo o nada, decidí ser integralmente poeta, lector de tiempo completo, disfrutando la lectura de manera sensual, como quiere Roland Barthes con su expresión del plaisir du texte, y no de la manera analítica y fría en que la practican los profesores por obligación.
Así que me orienté por lo que el sermo vulgaris considera una vagancia, una trashumancia, una pérdida lamentable de tiempo, un onanismo, una irresponsabilidad, una enfermedad y una locura: La poesía, que es, a mi juicio, lo más serio y sagrado del mundo, una actividad puramente gratuita, inútil desde el punto de vista material, pero profundamente espiritual, que tiene de mística, de crítica social y de confesión psiquiátrica.
Álvaro Urtecho Lacayo
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