Miguel Arturo
Poeta recién llegado
Déjame cantarte al oído
si sus palabras apagan mi voz.
Déjame acariciarte
o tal vez incrustarme
entre tus dientes.
Como el tirano
se adhirió a las masas,
yo quiero decirte que te odio
en cáliz de lacónico
y vulgar perecedero,
que no se atreve
a confirmar el asco
y toda porquería
que más no puede
sino hallar en ti,
sobre tus senos
agrietados.
Los gatos de la pereza
observan con aprecio tu desgracia,
y cantan tangos durante el alba,
mientras el sol,
anuncia su paraje adusto
y monótono, que a nadie
parece importar.
Anidan los sepultureros,
aquellos que no trascienden
más allá de la tierra,
y que cantan
a través de cicatrices
para arrullar al niño
que yace entre los féretros,
que se diluye
en risas pálidas
y se arde lóbrego
en la quimioterapia de la muerte.
Hay luces de hospital
que al despertar
nos encauzan a la confusión
de aquel estado
entre despertar y confirmar
que aún estás vivo.
Continuidad
o hablar de la preocupación
que nos afana
escrupulosamente
y de forma melancólica
a la manigua
de la desesperación rasposa,
que nos hiende
en los nudos de agujetas
para anclar nuestros pies a la tierra
y equilibrarnos
para sufrir y presumir
de una comodidad
de alcalde o sacerdote.
Déjame cantarte al oído
si sus palabras apagan mi voz.
si sus palabras apagan mi voz.
Déjame acariciarte
o tal vez incrustarme
entre tus dientes.
Como el tirano
se adhirió a las masas,
yo quiero decirte que te odio
en cáliz de lacónico
y vulgar perecedero,
que no se atreve
a confirmar el asco
y toda porquería
que más no puede
sino hallar en ti,
sobre tus senos
agrietados.
Los gatos de la pereza
observan con aprecio tu desgracia,
y cantan tangos durante el alba,
mientras el sol,
anuncia su paraje adusto
y monótono, que a nadie
parece importar.
Anidan los sepultureros,
aquellos que no trascienden
más allá de la tierra,
y que cantan
a través de cicatrices
para arrullar al niño
que yace entre los féretros,
que se diluye
en risas pálidas
y se arde lóbrego
en la quimioterapia de la muerte.
Hay luces de hospital
que al despertar
nos encauzan a la confusión
de aquel estado
entre despertar y confirmar
que aún estás vivo.
Continuidad
o hablar de la preocupación
que nos afana
escrupulosamente
y de forma melancólica
a la manigua
de la desesperación rasposa,
que nos hiende
en los nudos de agujetas
para anclar nuestros pies a la tierra
y equilibrarnos
para sufrir y presumir
de una comodidad
de alcalde o sacerdote.
Déjame cantarte al oído
si sus palabras apagan mi voz.
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