Ayer, vi a la luz escurridiza en tu piel.
Caminé tu rostro a oscuras.
Me detuve
cuando se detuvo el tiempo sobre mis ojos cerrados
y la dejé entrar... me iluminó.
Viste pasar por mi corazón
la sangre inquieta del alma enamorada.
Como mis músculos
antes de recibir la primera de tus caricias
se volvían nerviosos y expectantes.
Cuando mis labios te rozaron
cuanto de verdad, necesitaba besarte.
Y salió.
Lejos, hasta el confín de tu cuerpo.
Descubrí que ya estaba dentro de ti
que los latidos eran de los dos
que unidos el uno al otro, nosotros producíamos
luminosas gotas de amor.
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