chc
Christian
Este silencio inaudito
que desencanta nuestras voces
no es tan solo un monumento
necesario en estos casos,
es además
y entre tantas otras bendiciones,
el mejor consejo
que tus ojos me regalan.
Vos venís callada
con esa certidumbre
amanecida entre las manos,
con la tenue compañía
del abrazo bien fundado,
con el tiempo ensimismado
ante el furor de la mirada.
Venís, salpimentada,
para atardecer ayeres viejos,
a inventar no-soledades,
a tejerle guantes al recuerdo.
Te acercás sin miramientos
con todo tu vos de realidades
a desmentir el sano raciocinio
de culpar a la locura,
a interpelar destinos vagos,
mercenarios,
sobre valorados,
a desterrar los jamases,
los adioses y los dioses.
Vos, además,
venís desnuda de vocales
para que cueste un triunfo
emitir sonidos entendibles,
para que sólo pueda uno
apretar labio contra labio
y los dos contra los tuyos.
Para que en ese revuelo
ni remotamente imaginable
que supone no escucharte,
yo me oiga gritar con las entrañas:
¡cómo pude hasta ahora
conjugar tanta mentira!
Vos venís callada
a contar con los dedos,
a colorear un mamarracho,
a rasparte las rodillas,
a mancharte con chocolate.
Te acercas, encantada,
a convertir una semana
en un siglo de tenerte,
un relámpago en sonrisa,
un susto en un jazmín,
un jazmín en un imperio
y un imperio
en este inaudito silencio.
que desencanta nuestras voces
no es tan solo un monumento
necesario en estos casos,
es además
y entre tantas otras bendiciones,
el mejor consejo
que tus ojos me regalan.
Vos venís callada
con esa certidumbre
amanecida entre las manos,
con la tenue compañía
del abrazo bien fundado,
con el tiempo ensimismado
ante el furor de la mirada.
Venís, salpimentada,
para atardecer ayeres viejos,
a inventar no-soledades,
a tejerle guantes al recuerdo.
Te acercás sin miramientos
con todo tu vos de realidades
a desmentir el sano raciocinio
de culpar a la locura,
a interpelar destinos vagos,
mercenarios,
sobre valorados,
a desterrar los jamases,
los adioses y los dioses.
Vos, además,
venís desnuda de vocales
para que cueste un triunfo
emitir sonidos entendibles,
para que sólo pueda uno
apretar labio contra labio
y los dos contra los tuyos.
Para que en ese revuelo
ni remotamente imaginable
que supone no escucharte,
yo me oiga gritar con las entrañas:
¡cómo pude hasta ahora
conjugar tanta mentira!
Vos venís callada
a contar con los dedos,
a colorear un mamarracho,
a rasparte las rodillas,
a mancharte con chocolate.
Te acercas, encantada,
a convertir una semana
en un siglo de tenerte,
un relámpago en sonrisa,
un susto en un jazmín,
un jazmín en un imperio
y un imperio
en este inaudito silencio.