La Corporación
Poeta veterano
(Evaristo corumelo,
Abril del coño I de la Iguana)
Donde el mugido era verso
y la sombra madera
pastaba el verraco
páramos del absurdo,
grito negro,
piedra berroqueña
¡cómo le duele a la jara esta noche fría!
La luna de azabache
era sangre y tierra,
arboles cerrados
donde silban rebeldes
la plata partida de la bruja Guisande
en continuo envite al amor
-ella quería sus atributos-.
-Señora,
desde mis años cansados
te pido la paz.
Bramaba,
melancolía de cobarde y cerro
¡toro!
¿por qué no atacas desde
tus cojones dejándote la muerte,
cierta de cualquier manera?
Quedó convertido en piedra
frente al miedo de ser;
de tanta vergüenza
una luna ocre lloraba estrellas
con la cabeza gacha.
Los Vetones,
grillos de vieja estirpe,
chillaban, cada noche,
como primates de granito.
Debía ser bello aquel torito.
La dama de Guisenda,
viuda de tantos siglos,
en su ausencia,
dejó las esculturas
como alforjas de cuernos,
oráculo que el tiempo
destinó al viajero.
Castilla
retorcía sus mares,
oscura sinfonía
de pezuñas en el Tiemblo.
-sabes que te quiero-
¿por qué me das tu espalda?
Héroes,
telúrico amor de la maga.
Agónica,
astuta,
esperando ardores,
resistiendo.
En la caverna de sus ojos
paladea cada minuto,
desde la muerte.
La dama de Guisenda
espera territorio comestible
en vano.
Y el torito ruge
todas las mañanas,
soledad de piedra.
Ella le tira flores
desde su infierno
todos las noches,
un torito de Guisenda más.
Roger Nelson (abuelo)
Abril del coño I de la Iguana)
Donde el mugido era verso
y la sombra madera
pastaba el verraco
páramos del absurdo,
grito negro,
piedra berroqueña
¡cómo le duele a la jara esta noche fría!
La luna de azabache
era sangre y tierra,
arboles cerrados
donde silban rebeldes
la plata partida de la bruja Guisande
en continuo envite al amor
-ella quería sus atributos-.
-Señora,
desde mis años cansados
te pido la paz.
Bramaba,
melancolía de cobarde y cerro
¡toro!
¿por qué no atacas desde
tus cojones dejándote la muerte,
cierta de cualquier manera?
Quedó convertido en piedra
frente al miedo de ser;
de tanta vergüenza
una luna ocre lloraba estrellas
con la cabeza gacha.
Los Vetones,
grillos de vieja estirpe,
chillaban, cada noche,
como primates de granito.
Debía ser bello aquel torito.
La dama de Guisenda,
viuda de tantos siglos,
en su ausencia,
dejó las esculturas
como alforjas de cuernos,
oráculo que el tiempo
destinó al viajero.
Castilla
retorcía sus mares,
oscura sinfonía
de pezuñas en el Tiemblo.
-sabes que te quiero-
¿por qué me das tu espalda?
Héroes,
telúrico amor de la maga.
Agónica,
astuta,
esperando ardores,
resistiendo.
En la caverna de sus ojos
paladea cada minuto,
desde la muerte.
La dama de Guisenda
espera territorio comestible
en vano.
Y el torito ruge
todas las mañanas,
soledad de piedra.
Ella le tira flores
desde su infierno
todos las noches,
un torito de Guisenda más.
Roger Nelson (abuelo)
Última edición:
::