humanoide
Poeta fiel al portal
La doncella y la acacia
El joven árbol acaricia su piel
de blanca seda con olor a miel,
ella se entrega a su calido regazo,
al rugoso tacto de sus tiernos brazos.
La arrulla con el murmullo de su canto,
con la blanca humedad emanada de su llanto,
ella bebe de la sabia en sus heridas
tiñendo su cabello de la verde clorofila.
En un calido lecho de otoñal hojarasca
mimetizan sus cuerpos de carne y acacia
exhalando, jadeando, excitándose…
explorando inhibiciones, entregándose.
El celoso relámpago les mira impaciente,
iluminando de rojo la noche de invierno,
las llamas arden desatando el infierno,
devorando el seco bosque con su danza de muerte.
Los amantes se consumen en el fuego eterno,
dibujando con carbón en lo azul del cielo,
un poema de amor, de jazmín y madera,
matizando el frágil lienzo de la joven pradera.
El joven árbol acaricia su piel
de blanca seda con olor a miel,
ella se entrega a su calido regazo,
al rugoso tacto de sus tiernos brazos.
La arrulla con el murmullo de su canto,
con la blanca humedad emanada de su llanto,
ella bebe de la sabia en sus heridas
tiñendo su cabello de la verde clorofila.
En un calido lecho de otoñal hojarasca
mimetizan sus cuerpos de carne y acacia
exhalando, jadeando, excitándose…
explorando inhibiciones, entregándose.
El celoso relámpago les mira impaciente,
iluminando de rojo la noche de invierno,
las llamas arden desatando el infierno,
devorando el seco bosque con su danza de muerte.
Los amantes se consumen en el fuego eterno,
dibujando con carbón en lo azul del cielo,
un poema de amor, de jazmín y madera,
matizando el frágil lienzo de la joven pradera.