lore1
Poeta que considera el portal su segunda casa
Yo no quiero ser princesa,
no quiero que venga ese príncipe amigo.
Padre, yo quiero vivir siempre contigo,
quiero estar siempre a tu lado
en este adorable castillo.
Al oír estas tristes palabras
el conde se queda pensativo.
No digas eso mi condesa,
mi tesoro más adorado.
Yo quisiera vivir siempre
estar junto a ti eternamente,
pero un día me tengo que marchar
y quiero que tengas a alguien a quien amar.
Tú naciste para ser princesa
en un reino en el que puedas gobernar,
junto a un príncipe valiente.
Y puede que esta noche
en el baile que daré en el castillo,
conozcas a ese príncipe que te haga soñar.
mi tesoro más adorado.
Yo quisiera vivir siempre
estar junto a ti eternamente,
pero un día me tengo que marchar
y quiero que tengas a alguien a quien amar.
Tú naciste para ser princesa
en un reino en el que puedas gobernar,
junto a un príncipe valiente.
Y puede que esta noche
en el baile que daré en el castillo,
conozcas a ese príncipe que te haga soñar.
Pero yo no quiero casarme, padre,
porque no me gusta el final de los cuentos,
no creo mucho en los finales felices,
porque comieron perdices
y tu sabes que no me gustan,
que odio esos pájaros.
Hija, dijo el conde, no puedo hacer nada ante ese dilema,
pero cuando hables con él estoy seguro,
que resolverás ese problema.
pero cuando hables con él estoy seguro,
que resolverás ese problema.
Llegó el baile y nada más verse
una luz descendió a cada corazón,
que impulsó la llama del amor
y aquella noche ya no se pudieron separar.
Aquél mismo amanecer el conde oyó a su hija cantar,
llena de contento y de ilusión.
Se dio cuenta de que se acababa de enamorar
y esto alegró su viejo corazón.
Aquella hermosa mañana salió la bella condesa
con su príncipe y con su séquito
a dar un paseo en sus caballos.
En un bello claro del bosque, el príncipe,
le dijo que estaba enamorado,
que si con él se quería casar,
que serían para siempre muy felices.
La duquesita le dijo que sí,
llena de esperanza y de emoción,
pero con una condición
que ella jamás comería perdices.
En mi reino, prometió el príncipe,
si tú quieres,
siempre comerás ricos pasteles,
no tendremos que comer nunca perdices
para llegar a ser muy felices.
La condesa entonces se sintió feliz.
si tú quieres,
siempre comerás ricos pasteles,
no tendremos que comer nunca perdices
para llegar a ser muy felices.
La condesa entonces se sintió feliz.
Sonó su risa en medio del bosque,
a cascada clara y rumor de cascabeles.
Regresaron todos a castillo
a trote lento, alegres sus corazones
y entre ramas de árbol agitadas por el viento,
se oyó el relincho alegre de los corceles.
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