Melquiades San Juan
Poeta veterano en MP
Mi ciudad anda herida hoy: herida y sola.
Quizá, en torno a su existencia, se extienda hoy el silencio, que todo aisla
andamos por las calles con los rostros tapados
con los ojos tristes y los labios secos,
tan secos como el alma que está en cuarentena de besos
de abrazos, y de los saludos hermanos
Somos un pueblo al que se le ha cerrado, aún más, el muro
hoy se escucha que no deben venir a nuestra casa
que si vienen pueden volver con la muerte
Todo es cierto
Todo es correcto
Aquí hay muerte para los extraños y los propios
mas hermanos de la muerte como somos...,
ella baila con nosotros todos los días
es parte de nuestra cultura,
es de la casa...,
es la prima o la hermana
y a veces, la madre.
Ella y la soledad eterna
la que siempre se refleja en nuestros ojos
después de todos esos adioses que se han ido a otras tierras para nunca más volver,
para nunca más alegrar con su imagen nuestros ojos.
El virus, la muerte y la soledad bailan y caminan a nuestro lado
son la nueva invasión, el nuevo azote,
a la que aprenderemos a querer
con el gesto siempre amoroso del pueblo hospitalario que somos,
hogar de todos los exilios
y casa de todos los desheredados.
La vida sigue, mientras sigue;
y quizá..., si no sigue,
ni tiempo tengamos de llorarla
Quizá, en torno a su existencia, se extienda hoy el silencio, que todo aisla
andamos por las calles con los rostros tapados
con los ojos tristes y los labios secos,
tan secos como el alma que está en cuarentena de besos
de abrazos, y de los saludos hermanos
Somos un pueblo al que se le ha cerrado, aún más, el muro
hoy se escucha que no deben venir a nuestra casa
que si vienen pueden volver con la muerte
Todo es cierto
Todo es correcto
Aquí hay muerte para los extraños y los propios
mas hermanos de la muerte como somos...,
ella baila con nosotros todos los días
es parte de nuestra cultura,
es de la casa...,
es la prima o la hermana
y a veces, la madre.
Ella y la soledad eterna
la que siempre se refleja en nuestros ojos
después de todos esos adioses que se han ido a otras tierras para nunca más volver,
para nunca más alegrar con su imagen nuestros ojos.
El virus, la muerte y la soledad bailan y caminan a nuestro lado
son la nueva invasión, el nuevo azote,
a la que aprenderemos a querer
con el gesto siempre amoroso del pueblo hospitalario que somos,
hogar de todos los exilios
y casa de todos los desheredados.
La vida sigue, mientras sigue;
y quizá..., si no sigue,
ni tiempo tengamos de llorarla
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