Melquiades San Juan
Poeta veterano en MP
Los pobres del mundo parecen las manchas leprosas de una humanidad presumida.
Ellos, amontonados y desesperados, se creen de todas las promesas de todos los mesías y no mesías.
Formados en la despintada fila, con sus ropajes chinos,
y sus cuerpos enfermos por la mala comida
esperan...,
esperan...
Yo creo que Dios
(en el que no creo, pero que me es precisiso creer para echarle las culpas, que para eso lo inventaron y lo hicieron de yeso y madera con gotas de pintura roja y rostro doloroso, mudo para que no explique las razones)
debe tener la culpa.
Y si nadie la tiene...,
entonces se la echaré a cualquier virus...
el primero que pase
para desdibujar tanta amargura.
¡Maldito tiempo! -digo-...
¡Maldito tiempo!
Con los cuerpos ardiendo en calentura
con los niños, en brazos, que se mueren
con las bolsas vacías, donde los sueldos de hambre
no dejan más monedas que para las cuentas ya debidas...
los pobres hacen colas
largas colas
tras las rejas de fierro
donde cansados miran
cansados miran
hacia dentro
hacia dentro
esperando
esperando
de diez en diez
desde las cero horas a las cero horas
a que la piedad de El Estado les acoja.
Los niños lloran por la fiebre
las mujeres les ofrecen sus pechos vacíos
sus brazos amorosos:
lo unico amoroso para los desamparados.
Los pobres...,
"esos haraganes" que, el anciano conservador, quiere ver lejos de su iglesia...,
miran desde la reja y los tormentosos minutos...,
esperando
esperando...,
a que una bata blanca venga a abrirle la puertade la calle a otros diez.
Rogando que se aparezcan las cámaras de "la tele"
para que los dejen entrar en montón
entre sonrisas cordiales y gestos paternales repentinos
para ver si les aplican medicinas.
"La ropa gris" de la humanidad presumida y pretenciosa,
los minutos letárgicos
el maldito número diez
y las batas blancas que significan vida:
son otro infierno de Dante para una madre
que siente entre sus brazos
un bultito que arde
y llora
y ronronea como gato
mientras se apaga su vida.
Ellos, amontonados y desesperados, se creen de todas las promesas de todos los mesías y no mesías.
Formados en la despintada fila, con sus ropajes chinos,
y sus cuerpos enfermos por la mala comida
esperan...,
esperan...
Yo creo que Dios
(en el que no creo, pero que me es precisiso creer para echarle las culpas, que para eso lo inventaron y lo hicieron de yeso y madera con gotas de pintura roja y rostro doloroso, mudo para que no explique las razones)
debe tener la culpa.
Y si nadie la tiene...,
entonces se la echaré a cualquier virus...
el primero que pase
para desdibujar tanta amargura.
¡Maldito tiempo! -digo-...
¡Maldito tiempo!
Con los cuerpos ardiendo en calentura
con los niños, en brazos, que se mueren
con las bolsas vacías, donde los sueldos de hambre
no dejan más monedas que para las cuentas ya debidas...
los pobres hacen colas
largas colas
tras las rejas de fierro
donde cansados miran
cansados miran
hacia dentro
hacia dentro
esperando
esperando
de diez en diez
desde las cero horas a las cero horas
a que la piedad de El Estado les acoja.
Los niños lloran por la fiebre
las mujeres les ofrecen sus pechos vacíos
sus brazos amorosos:
lo unico amoroso para los desamparados.
Los pobres...,
"esos haraganes" que, el anciano conservador, quiere ver lejos de su iglesia...,
miran desde la reja y los tormentosos minutos...,
esperando
esperando...,
a que una bata blanca venga a abrirle la puertade la calle a otros diez.
Rogando que se aparezcan las cámaras de "la tele"
para que los dejen entrar en montón
entre sonrisas cordiales y gestos paternales repentinos
para ver si les aplican medicinas.
"La ropa gris" de la humanidad presumida y pretenciosa,
los minutos letárgicos
el maldito número diez
y las batas blancas que significan vida:
son otro infierno de Dante para una madre
que siente entre sus brazos
un bultito que arde
y llora
y ronronea como gato
mientras se apaga su vida.
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