Per áspera ad astra
Mientras duermo ácido y perezoso, con la conciencia vencida
y la mano hundida entre tus senos, pienso en ella;
¿En quién? ¿En la mujer del sacristán? ¿O en la ninfa de las lilas?
¡No, en ella! En la musa febril que aún juega y que aún es niña.
La he visto solaparse entre los helechos
y rendirle culto con fervor a una mariposa muerta;
y al desprenderse con timidez sus cálidos pechos,
me he dicho -¡no es dueña de mi amor aquella, sino ésta!
Mujer ya no eres la luz infinita que a través de sus reflejos
me inducía a penetrar por los senderos del universo;
buscando encontrar entre risas la constelación de Andrómeda;
y entre jugos y caricias mórbidas la consumación del sexo.
¡Oh, no; con cuanta crueldad me han vapuleado tus desencantos!
El sol, el tiempo y la humedad te han mancillado el alma;
la ausencia de lluvia ha provocado sobre tu vientre un pavoroso cráter
de donde emergen roncas tus quimeras, tan saturadas de toses y de sarnas.
En cambio ella; es un capullo fecundo que la flor promete;
¿Como no amarla en mis nocturnales con aberrante ansiedad?
¿Como no saciar mi morbo, mi capacidad viril, mis delirios,
profanando sus labios vírgenes y su inmaculada pubertad?
Mujer que solo lloras al intuir mis sádicos pensamientos,
y que eres una sombra perdida en los laberintos de la antigüedad
mejor toma tus cosas, tus píldoras y tus trapos viejos
y véte antes que amanezca el día, con tu amarga soledad.
Y déjame ser libre para aspirar a ella;
pérmiteme que de espaldas y retrocediendo
en la memoria; a mi infancia vuelva,
para pernoctar bajo los laureles con la piel de aquella.
Aunque luego mudo de éxtasis, encaramado sobre su cuerpo de niña muera.
Albo Aguasola
Mientras duermo ácido y perezoso, con la conciencia vencida
y la mano hundida entre tus senos, pienso en ella;
¿En quién? ¿En la mujer del sacristán? ¿O en la ninfa de las lilas?
¡No, en ella! En la musa febril que aún juega y que aún es niña.
La he visto solaparse entre los helechos
y rendirle culto con fervor a una mariposa muerta;
y al desprenderse con timidez sus cálidos pechos,
me he dicho -¡no es dueña de mi amor aquella, sino ésta!
Mujer ya no eres la luz infinita que a través de sus reflejos
me inducía a penetrar por los senderos del universo;
buscando encontrar entre risas la constelación de Andrómeda;
y entre jugos y caricias mórbidas la consumación del sexo.
¡Oh, no; con cuanta crueldad me han vapuleado tus desencantos!
El sol, el tiempo y la humedad te han mancillado el alma;
la ausencia de lluvia ha provocado sobre tu vientre un pavoroso cráter
de donde emergen roncas tus quimeras, tan saturadas de toses y de sarnas.
En cambio ella; es un capullo fecundo que la flor promete;
¿Como no amarla en mis nocturnales con aberrante ansiedad?
¿Como no saciar mi morbo, mi capacidad viril, mis delirios,
profanando sus labios vírgenes y su inmaculada pubertad?
Mujer que solo lloras al intuir mis sádicos pensamientos,
y que eres una sombra perdida en los laberintos de la antigüedad
mejor toma tus cosas, tus píldoras y tus trapos viejos
y véte antes que amanezca el día, con tu amarga soledad.
Y déjame ser libre para aspirar a ella;
pérmiteme que de espaldas y retrocediendo
en la memoria; a mi infancia vuelva,
para pernoctar bajo los laureles con la piel de aquella.
Aunque luego mudo de éxtasis, encaramado sobre su cuerpo de niña muera.
Albo Aguasola