Los que viven la culpa, no saben a ciencia cierta si están viviendo,
si cuando lloran viven, o se la viven llorando.
Los que viven la culpa, no tienen necesidad de sentirse vivos,
la culpa se los recuerda, la culpa los acalla;
cuan genial paradoja de una sonrisa en agonía.
Cayán, solamente para darse cuenta de que están muriendo,
lentamente, tranquilamente, sin saber si en realidad son culpables.
La existencia les reprocha, la agonía les va mintiendo;
pobres seres que desde sus entrañas se dicen humanos,
no saben lo que quieren, desean querer lo que no saben.
Los que viven la culpa, viven también en disonancia,
entre la metamorfosis perfecta de un amor empedernido.
Los que viven la culpa, quisieran no vivirla, no soñarla.
!Culpa, culpa, culpa! es todo lo que escuchan, es todo lo que tienen.
Y ruegan para que la culpa no se les acabe, pues sin ella no son nada,
sin ella no existen, no sienten, no se lamentan.
Viven, como entre sombras, añorando, aun en la las mañanas, la luz de un nuevo día.
Viven, juegan, corren; pero nada de aquello hace que se sientan menos culpables.
Los que viven la culpa son buenos amigos, buenos amantes.
Que a la tumba del tiempo se llevarán el secreto de su pecado.
Los que viven la culpa, quisieran no vivirla, y morir abnegados,
entre alabanzas.
Los que no viven la culpa, son seres tristes y callados,
que prefieren escribirle a la culpa, antes que tenerla.
Los que no la viven, ni siquiera viven esta vida en realidad;
callan, lloran, duermen.
Viven -gracias a dios- apartados de la gente, de esta vida,
pues en la soledad de las noches parece que van buscando,
ente sombras ocultas, a su gran musa
la amada culpa.
En memoria de Marie
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