Ricardo Reyes Bazurto
Poeta adicto al portal
Con aroma a café empezaba el día.
En el corral mugía lacio el hato,
las aves entonando su alegato
y el céfiro silbando en afonía.
Como marco de un lienzo ensoñador
la rústica ventana se mostraba.
Y el serpentear del río que cruzaba
todo el prado, cual linfa del Creador.
El día se pasaba entre: labranza,
conducir el ganado al pastizal,
visitar el pozal,
y conocer la juvenil andanza.
De noche la cigarra y su cantar
ponía la señal de incertidumbre,
¡aún no me acomodaba a la costumbre
de tener que esperar!...
El reposo y la noche iluminada
nos guiaban cada paso por las sendas;
de tu casa salías con pocas prendas
yo, ceñida a mi piel, fusca frazada.
Y acariciaba lúbrico regazo
ofrendando a tu cuerpo mis decires
absorbiendo tus íntimos sentires,
hasta unir nuestros talles en un lazo
y antes que el alba entre regando luz,
el adiós era un beso desprendido,
por el ramal, a casa del marido,
te ibas cual nazareno con su cruz.
En el corral mugía lacio el hato,
las aves entonando su alegato
y el céfiro silbando en afonía.
Como marco de un lienzo ensoñador
la rústica ventana se mostraba.
Y el serpentear del río que cruzaba
todo el prado, cual linfa del Creador.
El día se pasaba entre: labranza,
conducir el ganado al pastizal,
visitar el pozal,
y conocer la juvenil andanza.
De noche la cigarra y su cantar
ponía la señal de incertidumbre,
¡aún no me acomodaba a la costumbre
de tener que esperar!...
El reposo y la noche iluminada
nos guiaban cada paso por las sendas;
de tu casa salías con pocas prendas
yo, ceñida a mi piel, fusca frazada.
Y acariciaba lúbrico regazo
ofrendando a tu cuerpo mis decires
absorbiendo tus íntimos sentires,
hasta unir nuestros talles en un lazo
y antes que el alba entre regando luz,
el adiós era un beso desprendido,
por el ramal, a casa del marido,
te ibas cual nazareno con su cruz.
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