Susana Lorente
Poeta recién llegado
Me asusta el gran vacío en que me muevo
Y no hay manera de que te sorprenda prevenido,
siempre se adelanta como una gacela ansiosa
sorteando el terreno incierto de nuestras esperanzas.
Este toro que bramaba antaño con la fuerza del tiempo,
trona derrocado su alma perdida con el dique de la nada.
Parecíamos tan frágiles como el esqueleto
del héroe que moría en mis brazos y tú,
palomita de la quietud maloliente,
no pudiste desvestir al santo
y hacerlo bajar como hombre
a comulgar con nuestros pecados.
¡Ven a compartir nuestro lecho
cuando los ojos se nos sequen
por no poder cerrarlos!,
¡Ven como pedazo de tierra inerte
aleada dolorosamente entre las cenizas!.
Me dijeron que este árbol era perenne,
que se podían escuchar las hadas cantar
en la quietud de los montes vacíos.
Mentira.
Se evapora un alma en las tinieblas del ocaso,
y cada día, bípedos hablantes
seguimos sin saber nada de ella,
recóndita, cercana,
como sabuesa instigadora en el sueño,
como el placer de un torrente de endorfina en el cuerpo,
vaticinando augurios, convirtiendo la belleza en un infortunio.
Susana Lorente
Y no hay manera de que te sorprenda prevenido,
siempre se adelanta como una gacela ansiosa
sorteando el terreno incierto de nuestras esperanzas.
Este toro que bramaba antaño con la fuerza del tiempo,
trona derrocado su alma perdida con el dique de la nada.
Parecíamos tan frágiles como el esqueleto
del héroe que moría en mis brazos y tú,
palomita de la quietud maloliente,
no pudiste desvestir al santo
y hacerlo bajar como hombre
a comulgar con nuestros pecados.
¡Ven a compartir nuestro lecho
cuando los ojos se nos sequen
por no poder cerrarlos!,
¡Ven como pedazo de tierra inerte
aleada dolorosamente entre las cenizas!.
Me dijeron que este árbol era perenne,
que se podían escuchar las hadas cantar
en la quietud de los montes vacíos.
Mentira.
Se evapora un alma en las tinieblas del ocaso,
y cada día, bípedos hablantes
seguimos sin saber nada de ella,
recóndita, cercana,
como sabuesa instigadora en el sueño,
como el placer de un torrente de endorfina en el cuerpo,
vaticinando augurios, convirtiendo la belleza en un infortunio.
Susana Lorente