horizonte
Poeta asiduo al portal
Ya lejos del sol y desterrada,
miro el hondo abismo que existe entre los dos.
Como lágrimas mi única estrella,
dejan en mi alma una historia de dolor y placer.
Tu sol ya no calienta, ni ilumina,
solo al soplo de un suspiro estremece.
Mi paso vagabundo, en armoniosa confusión me acompaña,
al jardín de sepulturas, entre aromas de flores sepulcrales,
me aferro a tu destino.
De el hermoso sol,
solo son sombras y tibios instantes,
del muro funeral que vive en mi.
Mis andares son de un jardín santo de tumbas aisladas,
con césped de flores marchitas,
que al llorar y besarlas de rodillas,
me murmuran su cantor de sepultura.
Ya hasta el ruiseñor extraña el sol,
y con cantar sofocado, cae del cielo.
Desnuda ya, de ropón negro visto mis andares,
y mirar mi propia tumba,
solo engendra el dolor y paraliza lentamente mi latir.
Ya turbio mis ojos, arrodillada clavo mi mirar,
al césped sepulcral de un sueño.
Mi despojos fríos, congelando mi corazón están,
sobre una insensible lapida de muerte.
Miro el féretro escondido donde dormirá mi amor,
que alumbra la menguante luna, con luz melancólica.
El santo jardín, rico de flores sepulcrales,
ya ni al dolor responden,
solo cerca se escucha el cantor del sepulcro,
cual brazo de una cruz me envuelven silenciosamente.
¡recibe con mi adiós una violeta!
la tumba de mi corazón te la envía,
y al unirse mi flor con tu poesía,
ya en ocaso agonizante,
tendrás en tus manos este corazón.
Tu me dejaste el vació, yo a cambio te deje mi alma,
miro el hondo abismo que existe entre los dos.
Como lágrimas mi única estrella,
dejan en mi alma una historia de dolor y placer.
Tu sol ya no calienta, ni ilumina,
solo al soplo de un suspiro estremece.
Mi paso vagabundo, en armoniosa confusión me acompaña,
al jardín de sepulturas, entre aromas de flores sepulcrales,
me aferro a tu destino.
De el hermoso sol,
solo son sombras y tibios instantes,
del muro funeral que vive en mi.
Mis andares son de un jardín santo de tumbas aisladas,
con césped de flores marchitas,
que al llorar y besarlas de rodillas,
me murmuran su cantor de sepultura.
Ya hasta el ruiseñor extraña el sol,
y con cantar sofocado, cae del cielo.
Desnuda ya, de ropón negro visto mis andares,
y mirar mi propia tumba,
solo engendra el dolor y paraliza lentamente mi latir.
Ya turbio mis ojos, arrodillada clavo mi mirar,
al césped sepulcral de un sueño.
Mi despojos fríos, congelando mi corazón están,
sobre una insensible lapida de muerte.
Miro el féretro escondido donde dormirá mi amor,
que alumbra la menguante luna, con luz melancólica.
El santo jardín, rico de flores sepulcrales,
ya ni al dolor responden,
solo cerca se escucha el cantor del sepulcro,
cual brazo de una cruz me envuelven silenciosamente.
¡recibe con mi adiós una violeta!
la tumba de mi corazón te la envía,
y al unirse mi flor con tu poesía,
ya en ocaso agonizante,
tendrás en tus manos este corazón.
Tu me dejaste el vació, yo a cambio te deje mi alma,
poque eterno será mi amor.
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