El arcoiris y la ranita

Susana del Rosal

Poeta que considera el portal su segunda casa
Había una vez un rayito de sol que deseando ser arco iris subió un día por muchos escalones de nubes hasta llegar muy lejos. Desde allí veía las casitas y los árboles de su pueblo tan pequeños que siempre que se asomaba se decía que regresaría cuando su metamorfosis hubiese concluido.
Así pasó el tiempo y el rayito, que ya era un arco iris, bajaba algunas veces, porque la nostalgia por su hogar era muy grande. Pero no se quedaba, porque allá arriba también tenía sus nubes a quienes amaba entrañablemente.
Una mañana, oyó por las grietas del aire como si sonaran campanitas…unas campanitas que le invitaban a bajar para que engalanase con sus colores un jardincito nuevo. El arco iris prometió acudir y así lo hizo. Encontró rápidamente el lugar de la cita, porque como todo estaba más o menos igual que antes de su marcha nada le era desconocido. Allí esperó hasta que se oyeron otra vez las campanitas y cuando volvió los ojos sólo vio una rana…una rana pequeñita y blanca.
La rana se acercó y él le dijo: “Hola ranita, soy el arco iris que bajó al oír tu música invitándole a su jardín”.
La rana no le respondió con mucho entusiasmo, pero era porque se había quedado encandilada con el hermoso color verde de uno de los rayos del arco iris…precisamente aquél que protegía el centro de su corazón. Y se mantuvo un poco distanciada sin saber qué hacer hasta que terminó la velada.
El arco iris subió a su cielo, y la ranita se metió bajo una piedra sin entender qué le pasaba, ya que cuando deseaba salir se ponía toda verde, verde…se ponía bonita…y se sentía bien siendo bonita.
Un día se atrevió a sonar sus campanitas y le pidió al arco iris que le diera un poco de su color porque ya no quería estar como siempre…porque sentía tan lindo dentro de sí cuando estaba verde que ansiaba quedarse para siempre contenta. El arco iris estuvo de acuerdo pero le respondió que subiera, y que estando allá tendría no sólo su verde sino también a ratos sus azules, naranjas, violetas y amarillos.
Y la ranita se quedó callada, porque aunque deseaba mucho subir, supo que también arriba debería quedarse bajo una piedra…bueno, bajo una nube, escondida…y que tendría felicidad solamente cuando el arco iris, haciendo grietas en el tiempo, pudiera darle sus amorosos colores.
Pensó entonces que quizás podría acostumbrarse a tener esporádicos ratos del rayito verde escondida bajo su piedra, ya que era imposible que su amor multicolor pudiera un día materializarse a su lado y llevarla consigo eternamente.
Es por eso que en el cielo vemos sólo a veces ese arco iris tan bello y cuando levantamos las piedras del jardín o nos fijamos en las plantas por las mañanas miramos ranitas blancas y ranitas verdes.
Mira bien…podrás darte cuenta de que los ojos de las ranitas verdes siempre están húmedos por lo distante de su amor bonito.



 
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Había una vez un rayito de sol que deseando ser arco iris subió un día por muchos escalones de nubes hasta llegar muy lejos. Desde allí veía las casitas y los árboles de su pueblo tan pequeños que siempre que se asomaba se decía que regresaría cuando su metamorfosis hubiese concluido.
Así pasó el tiempo y el rayito, que ya era un arco iris, bajaba algunas veces, porque la nostalgia por su hogar era muy grande. Pero no se quedaba, porque allá arriba también tenía sus nubes a quienes amaba entrañablemente.
Una mañana, oyó por las grietas del aire como si sonaran campanitas…unas campanitas que le invitaban a bajar para que engalanase con sus colores un jardincito nuevo. El arco iris prometió acudir y así lo hizo. Encontró rápidamente el lugar de la cita, porque como todo estaba más o menos igual que antes de su marcha nada le era desconocido. Allí esperó hasta que se oyeron otra vez las campanitas y cuando volvió los ojos sólo vio una rana…una rana pequeñita y blanca.
La rana se acercó y él le dijo: “hola ranita, soy el arco iris que bajó al oír tu música invitándole a su jardín.
La rana no le respondió con mucho entusiasmo, pero era porque se había quedado encandilada con el hermoso color verde de uno de los rayos del arco iris…precisamente aquél que protegía el centro de su corazón. Y se mantuvo un poco distanciada sin saber qué hacer hasta que terminó la velada.
El arco iris subió a su cielo, y la ranita se metió bajo una piedra sin entender qué le pasaba, ya que cuando deseaba salir se ponía toda verde, verde…se ponía bonita…y se sentía bien siendo bonita.




Un día se atrevió a sonar sus campanitas y le pidió al arco iris que le diera un poco de su color porque ya no quería estar como siempre…porque sentía tan lindo dentro de sí cuando estaba verde que ansiaba quedarse para siempre contenta. El arco iris estuvo de acuerdo pero le respondió que subiera, y que estando allá arriba tendría no solo su verde sino también a ratos sus azules, naranjas, violetas y amarillos.
Y la ranita se quedó callada, porque aunque deseaba mucho subir, supo que también allá arriba debería quedarse bajo una piedra…bueno, bajo una nube, escondida…y que tendría felicidad solamente cuando el arco iris, haciendo grietas en el tiempo, pudiera darle sus amorosos colores.
Pensó entonces que quizás podría acostumbrarse a tener solamente esporádicos ratos del rayito verde escondida bajo su piedra, ya que era imposible que su amor multicolor pudiera un día materializarse a su lado y llevarla consigo eternamente.
Es por eso que en el cielo vemos solo a veces ese arco iris tan bello y cuando levantamos las piedras del jardín o nos fijamos en las plantas por las mañanas miramos a veces ranitas blancas y otras ranitas verdes.
Mira bien…podrás darte cuenta de que los ojos de las ranitas verdes siempre están húmedos por lo distante de su amor bonito.




Que alegria amiga Susana ver tus prosas de nuevo y mas alegria aun ver la ternura infantil de una prosa como esta. Lindo y refrescante en este mundo de minoria que somos, pero intenso. Besos. Paloma
 
Que alegria amiga Susana ver tus prosas de nuevo y mas alegria aun ver la ternura infantil de una prosa como esta. Lindo y refrescante en este mundo de minoria que somos, pero intenso. Besos. Paloma





Gracias, querida amiga, por tu presencia en mi cuento. Un abrazo.
 
Había una vez un rayito de sol que deseando ser arco iris subió un día por muchos escalones de nubes hasta llegar muy lejos. Desde allí veía las casitas y los árboles de su pueblo tan pequeños que siempre que se asomaba se decía que regresaría cuando su metamorfosis hubiese concluido.
Así pasó el tiempo y el rayito, que ya era un arco iris, bajaba algunas veces, porque la nostalgia por su hogar era muy grande. Pero no se quedaba, porque allá arriba también tenía sus nubes a quienes amaba entrañablemente.
Una mañana, oyó por las grietas del aire como si sonaran campanitas…unas campanitas que le invitaban a bajar para que engalanase con sus colores un jardincito nuevo. El arco iris prometió acudir y así lo hizo. Encontró rápidamente el lugar de la cita, porque como todo estaba más o menos igual que antes de su marcha nada le era desconocido. Allí esperó hasta que se oyeron otra vez las campanitas y cuando volvió los ojos sólo vio una rana…una rana pequeñita y blanca.
La rana se acercó y él le dijo: “Hola ranita, soy el arco iris que bajó al oír tu música invitándole a su jardín”.
La rana no le respondió con mucho entusiasmo, pero era porque se había quedado encandilada con el hermoso color verde de uno de los rayos del arco iris…precisamente aquél que protegía el centro de su corazón. Y se mantuvo un poco distanciada sin saber qué hacer hasta que terminó la velada.
El arco iris subió a su cielo, y la ranita se metió bajo una piedra sin entender qué le pasaba, ya que cuando deseaba salir se ponía toda verde, verde…se ponía bonita…y se sentía bien siendo bonita.
Un día se atrevió a sonar sus campanitas y le pidió al arco iris que le diera un poco de su color porque ya no quería estar como siempre…porque sentía tan lindo dentro de sí cuando estaba verde que ansiaba quedarse para siempre contenta. El arco iris estuvo de acuerdo pero le respondió que subiera, y que estando allá tendría no sólo su verde sino también a ratos sus azules, naranjas, violetas y amarillos.
Y la ranita se quedó callada, porque aunque deseaba mucho subir, supo que también arriba debería quedarse bajo una piedra…bueno, bajo una nube, escondida…y que tendría felicidad solamente cuando el arco iris, haciendo grietas en el tiempo, pudiera darle sus amorosos colores.
Pensó entonces que quizás podría acostumbrarse a tener esporádicos ratos del rayito verde escondida bajo su piedra, ya que era imposible que su amor multicolor pudiera un día materializarse a su lado y llevarla consigo eternamente.
Es por eso que en el cielo vemos sólo a veces ese arco iris tan bello y cuando levantamos las piedras del jardín o nos fijamos en las plantas por las mañanas miramos ranitas blancas y ranitas verdes.
Mira bien…podrás darte cuenta de que los ojos de las ranitas verdes siempre están húmedos por lo distante de su amor bonito.





Muy lindo y tierno. Un placer pasar. Besos y estrellas.
 
Había una vez un rayito de sol que deseando ser arco iris subió un día por muchos escalones de nubes hasta llegar muy lejos. Desde allí veía las casitas y los árboles de su pueblo tan pequeños que siempre que se asomaba se decía que regresaría cuando su metamorfosis hubiese concluido.
Así pasó el tiempo y el rayito, que ya era un arco iris, bajaba algunas veces, porque la nostalgia por su hogar era muy grande. Pero no se quedaba, porque allá arriba también tenía sus nubes a quienes amaba entrañablemente.
Una mañana, oyó por las grietas del aire como si sonaran campanitas…unas campanitas que le invitaban a bajar para que engalanase con sus colores un jardincito nuevo. El arco iris prometió acudir y así lo hizo. Encontró rápidamente el lugar de la cita, porque como todo estaba más o menos igual que antes de su marcha nada le era desconocido. Allí esperó hasta que se oyeron otra vez las campanitas y cuando volvió los ojos sólo vio una rana…una rana pequeñita y blanca.
La rana se acercó y él le dijo: “Hola ranita, soy el arco iris que bajó al oír tu música invitándole a su jardín”.
La rana no le respondió con mucho entusiasmo, pero era porque se había quedado encandilada con el hermoso color verde de uno de los rayos del arco iris…precisamente aquél que protegía el centro de su corazón. Y se mantuvo un poco distanciada sin saber qué hacer hasta que terminó la velada.
El arco iris subió a su cielo, y la ranita se metió bajo una piedra sin entender qué le pasaba, ya que cuando deseaba salir se ponía toda verde, verde…se ponía bonita…y se sentía bien siendo bonita.
Un día se atrevió a sonar sus campanitas y le pidió al arco iris que le diera un poco de su color porque ya no quería estar como siempre…porque sentía tan lindo dentro de sí cuando estaba verde que ansiaba quedarse para siempre contenta. El arco iris estuvo de acuerdo pero le respondió que subiera, y que estando allá tendría no sólo su verde sino también a ratos sus azules, naranjas, violetas y amarillos.
Y la ranita se quedó callada, porque aunque deseaba mucho subir, supo que también arriba debería quedarse bajo una piedra…bueno, bajo una nube, escondida…y que tendría felicidad solamente cuando el arco iris, haciendo grietas en el tiempo, pudiera darle sus amorosos colores.
Pensó entonces que quizás podría acostumbrarse a tener esporádicos ratos del rayito verde escondida bajo su piedra, ya que era imposible que su amor multicolor pudiera un día materializarse a su lado y llevarla consigo eternamente.
Es por eso que en el cielo vemos sólo a veces ese arco iris tan bello y cuando levantamos las piedras del jardín o nos fijamos en las plantas por las mañanas miramos ranitas blancas y ranitas verdes.
Mira bien…podrás darte cuenta de que los ojos de las ranitas verdes siempre están húmedos por lo distante de su amor bonito.




Mis más sentidos aplausos, amiga
un abrazo fuerte
Rosario
 

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