iadra
Poeta que considera el portal su segunda casa
Marca el reloj tres horas después de haber entrado,
y sigo sin saber donde se pone el vaso, donde los ojos,
donde carajos se guardan las horas que ya transcurrieron,
porque pasó una que quiero reutilizar para mañana.
Tres horas y dos minutos de espera,
esperar algo que no sé la forma, el olor
pero tengo la idea que en cuanto lo vea, sabré.
Un cuarto con un televisor encendido
proyectando una telenovela absurdamente real,
el drama me suena familiar: suena la campana
que reconoce una circunstancia pasada,
pero tal vez en algún otro canal.
Pasan otros diez minutos que no tienen idea de donde se encuentran,
y con mirada disfrazada de querer contar segundos,
dicen en dialecto urbano-espiritual
que no quieren continuar su carrera desmoralizada
mientras me siento en chaise-lounge y tomo mi té
de hongos michoacanos
en espera de que llegue, llegue.
El problema es que no tengo ni puta idea de lo que espero.
Tres horas y cuarenta y cinco minutos, no es tanto,
cuando me atiende con mucho servilismo un tipo alto
escueto de mirada tranquila. Me acerca un vaso largo
de una bebida espesa coloreada de su boca.
¡Por fin supe que esperaba! Tu amor, tu amor a que llegara.
¡Y después de tanto estar hojeando revistas viejas!
Pasa el tipo alto de nuevo, y me ofrece,
otro trago, bebido de sus labios susurrantes y abultados.
Bueno, me declaro impaciente, y le saco provecho
a esperar en ese cuarto donde me aburrí por cuatro horas seguidas
y en el chaise-lounge tomo al tipo alto y desquito tu impericia.