iadra
Poeta que considera el portal su segunda casa
Luna escurridiza,
tu luz ebulle dentro de los dedos,
me intuye.
Desde que me nombran tus noches
puedo ver el cielo
sembrado de estrellas, y por momentos
no hay monstruos ni demonios,
pesadillas o desvelos.
Luna, diosa pequeña,
te arrebujas en mis brazos
y entonces siento de nuevo.
Vuelvo de mi muerte, para ti,
y este corazón carcomido
de ti se llena con tu revuelo.
Con tu rumor de divinidad despeinada,
de un infinito reinado de juegos.
No lo sabes, ignoras
los nombres de los desvelos.
Eres brisa matutina, y no sientes
este estùpido mundo, el desconsuelo.
Me gusta que no sepas que me salvas,
que todos los sabores te sean nuevos.
Tus ojos no son mi reflejo.
Tus ojos son luz pletòrica de la inmensidad
de la inocencia.
De ellos bebo
estos tragos que me sanan las heridas,
que no quebrantan los huesos.
Diosa, por las noches me alimenta
escuchar tus te quieros.
tu luz ebulle dentro de los dedos,
me intuye.
Desde que me nombran tus noches
puedo ver el cielo
sembrado de estrellas, y por momentos
no hay monstruos ni demonios,
pesadillas o desvelos.
Luna, diosa pequeña,
te arrebujas en mis brazos
y entonces siento de nuevo.
Vuelvo de mi muerte, para ti,
y este corazón carcomido
de ti se llena con tu revuelo.
Con tu rumor de divinidad despeinada,
de un infinito reinado de juegos.
No lo sabes, ignoras
los nombres de los desvelos.
Eres brisa matutina, y no sientes
este estùpido mundo, el desconsuelo.
Me gusta que no sepas que me salvas,
que todos los sabores te sean nuevos.
Tus ojos no son mi reflejo.
Tus ojos son luz pletòrica de la inmensidad
de la inocencia.
De ellos bebo
estos tragos que me sanan las heridas,
que no quebrantan los huesos.
Diosa, por las noches me alimenta
escuchar tus te quieros.
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