Gauss
Poeta asiduo al portal
Currículum Vitae
I
Nací un día de poco tráfico
los niños dormían hasta tarde
y sus escuelas hacían lo mismo.
Allá donde los reyes abandonan
sus monturas montaraces
y la lluvia es un rumor no comprobado.
Como mi lengua tardó en caminar por sí misma,
mis padres me contaron una historia:
tres tristes tigres tragaban trigo en un trigal
y me conmovió la valiente proeza de aquellos felinos.
Abuela pedía besos en las manos
y alejar mi niñez de las cafeteras.
Motivos de sobra para iniciarme en la guerra.
Ni siquiera conocía las mayúsculas,
cuando me llevaron a vivir a una minúscula ciudad
que se puede atravesar en media hora.
Y Dios me dio el don de hablar con los taxistas
y ocupar sólo veinte minutos en ello.
En aquellos años éramos tan amigos y cómplices
que hasta me dejaba faltar a sus misas
sí lo nombraba de vez en cuando.
Las cosas son distintas ahora:
todos los mañanas se camuflan
de ayeres por la tarde
II
Hoy.
Así de pronto.
Sin ocuparme del frío.
Sin avisarles a los amigos, los familiares,
los psiquiatras, los noticieros,
la cruz roja, la policía,
he decidido entristecerme el resto de la noche.
Voy a salir a la calle con mis ojos de hielo,
no beberé del café a mi regreso
y me pondré a llorar con todas mis plumas en mano.
No pienso renegar de la suerte que se avecina.
Esquivaré con calma cualquier calmante
Me voy a poner a rezar una canción de Pink Floyd
y ojalá más tarde pase un gato
y su maullido suene como el violín de Paganini.
Además, me dejaré la barba.
No quiero llegar al espejo
a encarar el interrogatorio de mi navaja de afeitar.
Quiero pensar que algo pasará.
Que no será permanente
esto de refugiarme en la brevedad del sillón
y con la mirada seguir el flujo de los relojes hasta el amanecer.
Sí trato de hacerme el valiente
guardando con vergüenza las lágrimas en los bolsillos,
me prescribiré resignación en altas dosis.
Quizá encontrando en la radio
canciones que digan no hay que llorar
o con risas al final de los coros.
Por lo menos podría contemplar
una película de Almodóvar
y a la primera tragedia,
tocar la pantalla del televisor
y con la carne trémula de los labios
esbozar una sonrisa con un suspiro que diga:
Cest la vie
Y es cierto: así es y así ha sido siempre.
Ayer me dormí leyendo a García Márquez
eran sus cien años de soledad
hoy desperté sabiendo que de los míos,
a penas van veintitrés.
I
Nací un día de poco tráfico
los niños dormían hasta tarde
y sus escuelas hacían lo mismo.
Allá donde los reyes abandonan
sus monturas montaraces
y la lluvia es un rumor no comprobado.
Como mi lengua tardó en caminar por sí misma,
mis padres me contaron una historia:
tres tristes tigres tragaban trigo en un trigal
y me conmovió la valiente proeza de aquellos felinos.
Abuela pedía besos en las manos
y alejar mi niñez de las cafeteras.
Motivos de sobra para iniciarme en la guerra.
Ni siquiera conocía las mayúsculas,
cuando me llevaron a vivir a una minúscula ciudad
que se puede atravesar en media hora.
Y Dios me dio el don de hablar con los taxistas
y ocupar sólo veinte minutos en ello.
En aquellos años éramos tan amigos y cómplices
que hasta me dejaba faltar a sus misas
sí lo nombraba de vez en cuando.
Las cosas son distintas ahora:
todos los mañanas se camuflan
de ayeres por la tarde
II
Hoy.
Así de pronto.
Sin ocuparme del frío.
Sin avisarles a los amigos, los familiares,
los psiquiatras, los noticieros,
la cruz roja, la policía,
he decidido entristecerme el resto de la noche.
Voy a salir a la calle con mis ojos de hielo,
no beberé del café a mi regreso
y me pondré a llorar con todas mis plumas en mano.
No pienso renegar de la suerte que se avecina.
Esquivaré con calma cualquier calmante
Me voy a poner a rezar una canción de Pink Floyd
y ojalá más tarde pase un gato
y su maullido suene como el violín de Paganini.
Además, me dejaré la barba.
No quiero llegar al espejo
a encarar el interrogatorio de mi navaja de afeitar.
Quiero pensar que algo pasará.
Que no será permanente
esto de refugiarme en la brevedad del sillón
y con la mirada seguir el flujo de los relojes hasta el amanecer.
Sí trato de hacerme el valiente
guardando con vergüenza las lágrimas en los bolsillos,
me prescribiré resignación en altas dosis.
Quizá encontrando en la radio
canciones que digan no hay que llorar
o con risas al final de los coros.
Por lo menos podría contemplar
una película de Almodóvar
y a la primera tragedia,
tocar la pantalla del televisor
y con la carne trémula de los labios
esbozar una sonrisa con un suspiro que diga:
Cest la vie
Y es cierto: así es y así ha sido siempre.
Ayer me dormí leyendo a García Márquez
eran sus cien años de soledad
hoy desperté sabiendo que de los míos,
a penas van veintitrés.