Noche eterna

PITEIRA

Poeta que considera el portal su segunda casa
NOCHE ETERNA





Ι

Tendía su blanca mano
una limosna pidiendo,
grave su gesto imponiendo
imploraba, triste, en vano:
_ Por piedad mi buen hermano,
poquita cosa le pido
que el hambre en mi ya se ha ido,
mas los pobres hijos míos
¿Qué saben de desafíos?
Por piedad, que no han comido._

Torció el rostro el caballero
fingiendo ni ver ni oír,
notó la pobre el fingir
viendo su porte altanero.
Miró a sus hijos primero,
después a aquel hombre recio
y herida por su desprecio
al petulante maldijo.
Mala muerte le predijo
mas riose de ella el necio.


ΙΙ

Negra la noche cernía
de obscuro manto el camino,
su cabeza, por el vino,
a una voz hablarle oía
que con reproche decía:
“Hay de ti, mal caballero,
que guardaste tu dinero
y la mujer te maldijo
pues has de morirte, fijo,
por tu gesto cicatero”.

Mucho tuve que beber,
se decía para sí.
_“Mira, Enrique, lo que oí.
A causa de esa mujer
predicen mi perecer
unas voces tenebrosas.
No he de creer esas cosas
que el clarete que he tomado
en el ánimo ha causado
fantasías caprichosas”._

La noche larga se hacía,
de caminar no cesaba
y el sendero no acababa
ni cercano parecía,
ni asomarse se veía,
el final de su camino
y echaba la culpa al vino
por no hallar la ruta cierta
que ha de llevarle a su puerta,
maldiciendo el desatino.

Y las horas van pasando,
obscura la noche sigue,
la misma voz le persigue
su conciencia maltratando.
Y se oye gente llorando,
también se oye gran gemido.
Le parece conocido
cuando acercándose va.
Ya arrepintiéndose está
de tanto vino bebido.

Se oyen también campanillas
a ritmos acompasados,
se oyen murmullos velados
de gente por las orillas.
Y las tristes manecillas,
ahora mismo cae en la cuenta,
en la esfera amarillenta
su camino han detenido.
Todo aquello ha sucedido
poco a poco, a marcha lenta.


_Pero…¿Qué ocurre, qué es esto?
¿Quién dice mi nombre a veces?
¡Ay, Enrique, que enloqueces!
¿Y ese cantar funesto?
¿Por qué no fui más honesto
con esa pobre mujer?
¿Su maldición puede ser
la causa de esta locura?
¡Pero…qué dice ese cura!
¿Quién me quiere enloquecer?_

Sudor en su frente ardía,
los ojos desorbitados,
a vecinos y allegados
y gente que conocía
acercándose veía.
Triste el semblante llevaban,
quiso hablarles mas pasaban
a su lado indiferentes.
¿Qué querían esas gentes
que su presencia negaban?


ΙΙΙ

Cuatro golpes retumbaron
que el corazón sobresaltan
y sus visiones espantan.
Cuatro golpes resonaron
y unas manos se posaron
en sus hombros encogidos
y despierta sus sentidos
una voz atronadora,
que de pronto en esta hora,
interrumpe sus gemidos.

Y parece que se han ido
las voces y campanillas,
no hay gente por las orillas,
no se escucha ni un ruido.
Enrique aguza el oído
prosiguiendo su camino
y otra vez maldice el vino
que aquella noche tomó
y a su mente regresó
aquel rostro femenino.

Despierte, Enrique, despierte,
grita aquel hombre a su oído.
Don Enrique, adormecido,
agradeciendo su suerte,
cree regresar de la muerte
oyendo al hombre gritar.
Es difícil de olvidar
su horrorosa pesadilla,
esa horrible campanilla
y a ese cura oír rezar.


_¡Váyase, Enrique, a su casa!_
le decía el camarero
ajustándole el sombrero.
_Verá que pronto se pasa
el dolor que fuerte abrasa
esa tripa maltratada.
Es la noche bien entrada
y un buen descanso merece,
ya verá que lo agradece
su cabeza castigada._


ІV

Ya más calmado,
muy aliviado,
ha recordado
a aquella mujer
y presumiendo
va sonriendo
y maldiciendo
aquel padecer.

Ya caminando
va planeando
y barruntando
grave y cruel venganza,
pues la pureza
de la pobreza
y su grandeza
a entender no alcanza.


Encuentra su casa abierta
y sorprendido se extraña.
La memoria no le engaña,
llave le echara a la puerta.
Aún más le desconcierta
ver a vecinos entrando,
a sus amigos rezando
y con tristeza en los ojos
ante su cuerpo, de hinojos,
a aquella mujer llorando.








©2009.Piteira de Gómez
 
NOCHE ETERNA





Ι

Tendía su blanca mano
una limosna pidiendo,
grave su gesto imponiendo
imploraba, triste, en vano:
_ Por piedad mi buen hermano,
poquita cosa le pido
que el hambre en mi ya se ha ido,
mas los pobres hijos míos
¿Qué saben de desafíos?
Por piedad, que no han comido._

Torció el rostro el caballero
fingiendo ni ver ni oír,
notó la pobre el fingir
viendo su porte altanero.
Miró a sus hijos primero,
después a aquel hombre recio
y herida por su desprecio
al petulante maldijo.
Mala muerte le predijo
mas riose de ella el necio.


ΙΙ

Negra la noche cernía
de obscuro manto el camino,
su cabeza, por el vino,
a una voz hablarle oía
que con reproche decía:
“Hay de ti, mal caballero,
que guardaste tu dinero
y la mujer te maldijo
pues has de morirte, fijo,
por tu gesto cicatero”.

Mucho tuve que beber,
se decía para sí.
_“Mira, Enrique, lo que oí.
A causa de esa mujer
predicen mi perecer
unas voces tenebrosas.
No he de creer esas cosas
que el clarete que he tomado
en el ánimo ha causado
fantasías caprichosas”._

La noche larga se hacía,
de caminar no cesaba
y el sendero no acababa
ni cercano parecía,
ni asomarse se veía,
el final de su camino
y echaba la culpa al vino
por no hallar la ruta cierta
que ha de llevarle a su puerta,
maldiciendo el desatino.

Y las horas van pasando,
obscura la noche sigue,
la misma voz le persigue
su conciencia maltratando.
Y se oye gente llorando,
también se oye gran gemido.
Le parece conocido
cuando acercándose va.
Ya arrepintiéndose está
de tanto vino bebido.

Se oyen también campanillas
a ritmos acompasados,
se oyen murmullos velados
de gente por las orillas.
Y las tristes manecillas,
ahora mismo cae en la cuenta,
en la esfera amarillenta
su camino han detenido.
Todo aquello ha sucedido
poco a poco, a marcha lenta.


_Pero…¿Qué ocurre, qué es esto?
¿Quién dice mi nombre a veces?
¡Ay, Enrique, que enloqueces!
¿Y ese cantar funesto?
¿Por qué no fui más honesto
con esa pobre mujer?
¿Su maldición puede ser
la causa de esta locura?
¡Pero…qué dice ese cura!
¿Quién me quiere enloquecer?_

Sudor en su frente ardía,
los ojos desorbitados,
a vecinos y allegados
y gente que conocía
acercándose veía.
Triste el semblante llevaban,
quiso hablarles mas pasaban
a su lado indiferentes.
¿Qué querían esas gentes
que su presencia negaban?


ΙΙΙ

Cuatro golpes retumbaron
que el corazón sobresaltan
y sus visiones espantan.
Cuatro golpes resonaron
y unas manos se posaron
en sus hombros encogidos
y despierta sus sentidos
una voz atronadora,
que de pronto en esta hora,
interrumpe sus gemidos.

Y parece que se han ido
las voces y campanillas,
no hay gente por las orillas,
no se escucha ni un ruido.
Enrique aguza el oído
prosiguiendo su camino
y otra vez maldice el vino
que aquella noche tomó
y a su mente regresó
aquel rostro femenino.

Despierte, Enrique, despierte,
grita aquel hombre a su oído.
Don Enrique, adormecido,
agradeciendo su suerte,
cree regresar de la muerte
oyendo al hombre gritar.
Es difícil de olvidar
su horrorosa pesadilla,
esa horrible campanilla
y a ese cura oír rezar.


_¡Váyase, Enrique, a su casa!_
le decía el camarero
ajustándole el sombrero.
_Verá que pronto se pasa
el dolor que fuerte abrasa
esa tripa maltratada.
Es la noche bien entrada
y un buen descanso merece,
ya verá que lo agradece
su cabeza castigada._


ІV

Ya más calmado,
muy aliviado,
ha recordado
a aquella mujer
y presumiendo
va sonriendo
y maldiciendo
aquel padecer.

Ya caminando
va planeando
y barruntando
grave y cruel venganza,
pues la pureza
de la pobreza
y su grandeza
a entender no alcanza.


Encuentra su casa abierta
y sorprendido se extraña.
La memoria no le engaña,
llave le echara a la puerta.
Aún más le desconcierta
ver a vecinos entrando,
a sus amigos rezando
y con tristeza en los ojos
ante su cuerpo, de hinojos,
a aquella mujer llorando.








©2009.Piteira de Gómez


Wob mi amigo Xosé.
Eres único en el arte de hacer fábulas e historias con décimas.
Te aplaudo a rabiar este poema que me ha encantado.
es precioso.
Estrellas a miles y muchos besos.
 
Uffff, te quedas sin saber que decir después de leer estos versos. Muy buen poema querido amigo.

Petonets,

Libra *M*
 

Xosé:

No me queda sino reconocer la maestría de tu pluma, pues
la historia es excelente, digna de la dimensión desconocidad
(Twilight Zone) y que al final me dejó frio..
Además le agregas la maestría de las décimas..muy bien hechas..
En definitiva, merece un aplauso...Chapó como dicen por allá..

Saludos cordiales.
sig.gif

El Armador de Sonetos.
 
Amigo....que puedo decirte si no es que un excelente relato además de una estructura exquisita en formato. Se aprende mucho contigo amigo...un honor pasar por tus letras. Abrazos. Paloma2
 
Xosé:

No me queda sino reconocer la maestría de tu pluma, pues
la historia es excelente, digna de la dimensión desconocidad
(Twilight Zone) y que al final me dejó frio..
Además le agregas la maestría de las décimas..muy bien hechas..
En definitiva, merece un aplauso...Chapó como dicen por allá..

Saludos cordiales.
sig.gif

El Armador de Sonetos.
Gracias, Ángel. La serie es una de mis preferidas...
Un abrazo, amigo.
Xosé.
 
Gran tema amigo con derroche de destreza y maestría en este género de poesía...un palcer pasar por aquí amigo Xosé, un abrazo...
 
Vaya amigo! Desde el principio hasta que acaba se queda uno enganchado con esta historia, tremendo final.
Gracias por compartir esta gran obra.
Un abrazo y estrellas.
 
Qué buen poema, Xosé, rico métricamente, bien estructurado y magistralmente llevado en su narración. Felicidades.
Saludos mediterráneos.
 
NOCHE ETERNA





Ι

Tendía su blanca mano
una limosna pidiendo,
grave su gesto imponiendo
imploraba, triste, en vano:
_ Por piedad mi buen hermano,
poquita cosa le pido
que el hambre en mi ya se ha ido,
mas los pobres hijos míos
¿Qué saben de desafíos?
Por piedad, que no han comido._

Torció el rostro el caballero
fingiendo ni ver ni oír,
notó la pobre el fingir
viendo su porte altanero.
Miró a sus hijos primero,
después a aquel hombre recio
y herida por su desprecio
al petulante maldijo.
Mala muerte le predijo
mas riose de ella el necio.


ΙΙ

Negra la noche cernía
de obscuro manto el camino,
su cabeza, por el vino,
a una voz hablarle oía
que con reproche decía:
“Hay de ti, mal caballero,
que guardaste tu dinero
y la mujer te maldijo
pues has de morirte, fijo,
por tu gesto cicatero”.

Mucho tuve que beber,
se decía para sí.
_“Mira, Enrique, lo que oí.
A causa de esa mujer
predicen mi perecer
unas voces tenebrosas.
No he de creer esas cosas
que el clarete que he tomado
en el ánimo ha causado
fantasías caprichosas”._

La noche larga se hacía,
de caminar no cesaba
y el sendero no acababa
ni cercano parecía,
ni asomarse se veía,
el final de su camino
y echaba la culpa al vino
por no hallar la ruta cierta
que ha de llevarle a su puerta,
maldiciendo el desatino.

Y las horas van pasando,
obscura la noche sigue,
la misma voz le persigue
su conciencia maltratando.
Y se oye gente llorando,
también se oye gran gemido.
Le parece conocido
cuando acercándose va.
Ya arrepintiéndose está
de tanto vino bebido.

Se oyen también campanillas
a ritmos acompasados,
se oyen murmullos velados
de gente por las orillas.
Y las tristes manecillas,
ahora mismo cae en la cuenta,
en la esfera amarillenta
su camino han detenido.
Todo aquello ha sucedido
poco a poco, a marcha lenta.


_Pero…¿Qué ocurre, qué es esto?
¿Quién dice mi nombre a veces?
¡Ay, Enrique, que enloqueces!
¿Y ese cantar funesto?
¿Por qué no fui más honesto
con esa pobre mujer?
¿Su maldición puede ser
la causa de esta locura?
¡Pero…qué dice ese cura!
¿Quién me quiere enloquecer?_

Sudor en su frente ardía,
los ojos desorbitados,
a vecinos y allegados
y gente que conocía
acercándose veía.
Triste el semblante llevaban,
quiso hablarles mas pasaban
a su lado indiferentes.
¿Qué querían esas gentes
que su presencia negaban?


ΙΙΙ

Cuatro golpes retumbaron
que el corazón sobresaltan
y sus visiones espantan.
Cuatro golpes resonaron
y unas manos se posaron
en sus hombros encogidos
y despierta sus sentidos
una voz atronadora,
que de pronto en esta hora,
interrumpe sus gemidos.

Y parece que se han ido
las voces y campanillas,
no hay gente por las orillas,
no se escucha ni un ruido.
Enrique aguza el oído
prosiguiendo su camino
y otra vez maldice el vino
que aquella noche tomó
y a su mente regresó
aquel rostro femenino.

Despierte, Enrique, despierte,
grita aquel hombre a su oído.
Don Enrique, adormecido,
agradeciendo su suerte,
cree regresar de la muerte
oyendo al hombre gritar.
Es difícil de olvidar
su horrorosa pesadilla,
esa horrible campanilla
y a ese cura oír rezar.


_¡Váyase, Enrique, a su casa!_
le decía el camarero
ajustándole el sombrero.
_Verá que pronto se pasa
el dolor que fuerte abrasa
esa tripa maltratada.
Es la noche bien entrada
y un buen descanso merece,
ya verá que lo agradece
su cabeza castigada._


ІV

Ya más calmado,
muy aliviado,
ha recordado
a aquella mujer
y presumiendo
va sonriendo
y maldiciendo
aquel padecer.

Ya caminando
va planeando
y barruntando
grave y cruel venganza,
pues la pureza
de la pobreza
y su grandeza
a entender no alcanza.


Encuentra su casa abierta
y sorprendido se extraña.
La memoria no le engaña,
llave le echara a la puerta.
Aún más le desconcierta
ver a vecinos entrando,
a sus amigos rezando
y con tristeza en los ojos
ante su cuerpo, de hinojos,
a aquella mujer llorando.








©2009.Piteira de Gómez

Excelente...Me ha gustdo mucho.
Un abrazo y estrellas, te las mereces como siempre
Rosario
 
NOCHE ETERNA





Ι

Tendía su blanca mano
una limosna pidiendo,
grave su gesto imponiendo
imploraba, triste, en vano:
_ Por piedad mi buen hermano,
poquita cosa le pido
que el hambre en mi ya se ha ido,
mas los pobres hijos míos
¿Qué saben de desafíos?
Por piedad, que no han comido._

Torció el rostro el caballero
fingiendo ni ver ni oír,
notó la pobre el fingir
viendo su porte altanero.
Miró a sus hijos primero,
después a aquel hombre recio
y herida por su desprecio
al petulante maldijo.
Mala muerte le predijo
mas riose de ella el necio.


ΙΙ

Negra la noche cernía
de obscuro manto el camino,
su cabeza, por el vino,
a una voz hablarle oía
que con reproche decía:
“Hay de ti, mal caballero,
que guardaste tu dinero
y la mujer te maldijo
pues has de morirte, fijo,
por tu gesto cicatero”.

Mucho tuve que beber,
se decía para sí.
_“Mira, Enrique, lo que oí.
A causa de esa mujer
predicen mi perecer
unas voces tenebrosas.
No he de creer esas cosas
que el clarete que he tomado
en el ánimo ha causado
fantasías caprichosas”._

La noche larga se hacía,
de caminar no cesaba
y el sendero no acababa
ni cercano parecía,
ni asomarse se veía,
el final de su camino
y echaba la culpa al vino
por no hallar la ruta cierta
que ha de llevarle a su puerta,
maldiciendo el desatino.

Y las horas van pasando,
obscura la noche sigue,
la misma voz le persigue
su conciencia maltratando.
Y se oye gente llorando,
también se oye gran gemido.
Le parece conocido
cuando acercándose va.
Ya arrepintiéndose está
de tanto vino bebido.

Se oyen también campanillas
a ritmos acompasados,
se oyen murmullos velados
de gente por las orillas.
Y las tristes manecillas,
ahora mismo cae en la cuenta,
en la esfera amarillenta
su camino han detenido.
Todo aquello ha sucedido
poco a poco, a marcha lenta.


_Pero…¿Qué ocurre, qué es esto?
¿Quién dice mi nombre a veces?
¡Ay, Enrique, que enloqueces!
¿Y ese cantar funesto?
¿Por qué no fui más honesto
con esa pobre mujer?
¿Su maldición puede ser
la causa de esta locura?
¡Pero…qué dice ese cura!
¿Quién me quiere enloquecer?_

Sudor en su frente ardía,
los ojos desorbitados,
a vecinos y allegados
y gente que conocía
acercándose veía.
Triste el semblante llevaban,
quiso hablarles mas pasaban
a su lado indiferentes.
¿Qué querían esas gentes
que su presencia negaban?


ΙΙΙ

Cuatro golpes retumbaron
que el corazón sobresaltan
y sus visiones espantan.
Cuatro golpes resonaron
y unas manos se posaron
en sus hombros encogidos
y despierta sus sentidos
una voz atronadora,
que de pronto en esta hora,
interrumpe sus gemidos.

Y parece que se han ido
las voces y campanillas,
no hay gente por las orillas,
no se escucha ni un ruido.
Enrique aguza el oído
prosiguiendo su camino
y otra vez maldice el vino
que aquella noche tomó
y a su mente regresó
aquel rostro femenino.

Despierte, Enrique, despierte,
grita aquel hombre a su oído.
Don Enrique, adormecido,
agradeciendo su suerte,
cree regresar de la muerte
oyendo al hombre gritar.
Es difícil de olvidar
su horrorosa pesadilla,
esa horrible campanilla
y a ese cura oír rezar.


_¡Váyase, Enrique, a su casa!_
le decía el camarero
ajustándole el sombrero.
_Verá que pronto se pasa
el dolor que fuerte abrasa
esa tripa maltratada.
Es la noche bien entrada
y un buen descanso merece,
ya verá que lo agradece
su cabeza castigada._


ІV

Ya más calmado,
muy aliviado,
ha recordado
a aquella mujer
y presumiendo
va sonriendo
y maldiciendo
aquel padecer.

Ya caminando
va planeando
y barruntando
grave y cruel venganza,
pues la pureza
de la pobreza
y su grandeza
a entender no alcanza.


Encuentra su casa abierta
y sorprendido se extraña.
La memoria no le engaña,
llave le echara a la puerta.
Aún más le desconcierta
ver a vecinos entrando,
a sus amigos rezando
y con tristeza en los ojos
ante su cuerpo, de hinojos,
a aquella mujer llorando.








©2009.Piteira de Gómez


Bravo, Piteira, a que manjar de forma y y contenido nos convidas con este magnifco poema! Un placer leerte.
Abrazos,
Roxane
 
Tus versos no son en vano, indagan, nos provocan, nos culpan, nos acosan, movilizan de forma directa, bella y eficaz...
Gran obra Xosé... Mis estrellas

Un abrazo amigo.
DEL PEDREGAL
 
Este poema es como el buen vino, hay que beberlo de a sorbo, utilizando los cinco sentidos para no desaprovechar ninguno de los aromas, colores y sabores.
Maravilloso.

Estimado Xosé; mis felicitaciones.

Un abrazo.
¡Vaya! Qué hermosas palabras le dedicas a estas letras...
No sé como agradecer tu amable comentario. Sí te agradezco que hayas leído y hayas dejado tu crítica, tan elogiosa, en mi pequeña historia.
Un fuerte abrazo, poeta.
Xosé M.
 

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