Vevero
Poeta reconocida en el portal
En pareja, o los 2 solos... imposible concretar nuestro deseo, por lo que aunque cansados decidimos emprender la aventura con nuestros hijos. Queríamos ir a cenar. Pero no a un fast food o algún lugar con juegos infantiles; nuestra más descabellada idea era hacerlo en algún restaurante. Elegimos el lugar minuciosamente, un asador cerca de un sitio donde hubiese juegos para poder sobornar a los chicos, por no decir, amenazarlos con que si se portaban bien allí estaría su recompensa. Todo parecía ir exactamente como una imagina que les sucede a las familias ideales: mis hijos no protestaron, no rompieron ninguna copa, incluso ni siquiera derramaron su bebida y se mantuvieron sentados y semi quietos en su lugar. Así disfrutamos de la comida pero (vieron que siempre hay uno) mientras elegíamos el postre vimos entrar a 3 parejas, cada una de ellas tenía 2 o 3 niños y el único lugar disponible para armar semejante mesa era detrás de la nuestra. Todo ese movimiento disparó las neuronas de los míos, sumado a esto, los integrantes más pequeños de ese numeroso grupo comenzaron a deambular por todo el restaurante; y obviamente mi princesita no pudo más con su genio y quiso incorporarse al juego de correr por todas las mesas. Al mayor, lo pudimos retener hasta el café sentado con nosotros bajo amenaza de no visitar los juegos electrónicos pero ante tanto movimiento sus ímpetus infantiles no se controlaron más y comenzó a correr detrás de la hermana provocado los gritos de ésta (tan agudos como los de la Abuela de Ramiro). Mientras yo me desesperaba y observaba la carrera con obstáculos que separaba a los mozos de la cocina a las mesas y viceversa , imaginando o tratando de adivinar quién sería el primer manchado de la noche; mi marido pagó rápidamente la cuenta y salimos de lo que pudo ser la cena ideal a extraviarnos en el mundo de los juegos por horas.
Al llegar allí, descubrimos con cierto placer sadomasoquista que no éramos los únicos padres en esa situación; y este hecho sopló nuevas energías en nuestros cuerpos agotados dándonos el valor así de enfrentarnos con carruseles gigantes de música aterciopelada y pegadiza, con el rugir de los motores de los cuatriciclos enanos, las caídas infernales desde un tobogán super alto y el desfile constante de niños adentro de un pelotero como si fuesen animales de un zoológico.
Se acerca el final...::
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Al llegar allí, descubrimos con cierto placer sadomasoquista que no éramos los únicos padres en esa situación; y este hecho sopló nuevas energías en nuestros cuerpos agotados dándonos el valor así de enfrentarnos con carruseles gigantes de música aterciopelada y pegadiza, con el rugir de los motores de los cuatriciclos enanos, las caídas infernales desde un tobogán super alto y el desfile constante de niños adentro de un pelotero como si fuesen animales de un zoológico.
Se acerca el final...::
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