Tamar
Poeta adicto al portal
Ella:
¿No me extrañas, verdad?
¿Por qué lo harías si ya no estamos tan lejos?
Porque ahora somos como dos peces que van,
que van juntos pero no al mismo lugar.
Nadan juntos, sin un sentido, con pocas ganas,
en un nuevo mar que ahora los golpea,
en un entendimiento de final de júbilo,
en una calma tensa, tanto que desespera.
Bastantes peculiares estos peces,
que van nadando sólo en línea recta,
que van cual soledades sin reveces,
que ignoran casi todas sus sombras paralelas.
Pero no se extrañan.
No se extrañan, no se cansan, no se encuentran,
ya no les tiembla el labio por un beso a la vida,
ya no saben que es vida,
solo saben que es agua.
Se les olvidó que antes, eran dos granos de arena,
jugando a encontrarse, a quemarse en la brisa,
olvidaron que solían dar besos con la mirada,
olvidaron que luego del amor se extrañaban.
¿Ya no me extrañas, verdad?
Yo aquí, desde mi caso,
observo el acuario,
me cuido de no dejar el susurro en los labios,
me cuido de no olvidarte,
y evito siempre, eso de nadar alternando los brazos.
Es que ya no nos miramos,
antes de poder darte un beso con los ojos,
choco con el acuario,
y luego, solo luego, es que seguimos nadando,
paralelos sin saber que estamos juntos,
olvidando por un rato el extrañarnos.
Él:
¿Así que somos dos peces?
Cómo te gustaba volvernos simples,
llegarme con: Aunque simplemente no estés,
en la distancia, el olvido, se hace simple,
se hace triste
Siempre pensaste que la tristeza era una cuna,
yo, en cambio, pensaba que era un árbol que tu plantabas,
y debajo de ése árbol te extrañaba,
mientras tú, con tu simpleza, te marchabas.
Te equivocas gravemente, si te extraño,
pero solo cuando estás a mi lado,
y no veo tu sonrisa de pequeña.
Era aquella sonrisa que me cambiaba,
en un segundo, cualquier lágrima por un abrazo,
era aquella sonrisa que te veía,
subir a tus ojos que ya lloraban cerrados.
Era aquella la sonrisa que llevabas
lejos de tus viajes, de mis recuerdos ajenos.
Era aquella sonrisa que siempre sospeché,
que fui yo mismo quién te la quité.
En parte tenías razón somos dos peces,
nadando sin sentido, diferentes,
tu vas por algo nuevo, más simple,
yo voy en retroceso aún de tu mano,
tu vas charlando todo con una esfinge,
yo voy chocando a veces con tu espacio,
pero de ahí no paso.
Pero,
¿Qué te hace pensar
que podemos olvidarnos?
¿Qué te hace sospechar
que yo no observo, también, el acuario?
¿Qué es lo que te hace no extrañarme,
no mirarme, no besarme, cambiarme?
Ella:
Ya no entiendo el papel del azar en esta historia,
ya no entiendo el presente, el pasado es mi retórica,
No te entiendo a ti, y nunca tuve planes de hacerlo,
mi plan siempre fue chocar contigo, que fuera sólo un momento.
Más se complicó todo,
se llenó de errores, de tachones,
se volvió una cena de bajadas de cabeza,
con el vino,
viejo río
que cubría nuestras piernas.
Y caminábamos allí descalzos,
caminando solo por sentir el vino hasta los huesos,
por mojar la mirada y ahogar en pisadas los recuerdos.
El primero que ahogamos,
fue una mirada sensata.
Sin ella no te recuerdo,
no puedo recordar que te quería,
que te extrañé y te entrañe como al día.
Es eso.
me hace saber que podemos olvidarnos.
Nuestros ojos se quedaron en el mar que pisamos,
los tuyos no amaban, veían el reflejo del amar,
los míos únicamente, se volvieron mar.
Un mar tan fácil de cambiar,
con pisadas, con patadas, con espasmos,
con decepciones al apagarse una vela
por el frío de una senda,
por la que nunca pasamos.
Él:
El error no fue encontrarnos,
fue expulsar el aire
en un solo recuerdo,
fue hundirnos lentamente,
escondiendo el amor de otros tiempos,
fue cruzar la calle
corriendo como ciegos.
Perdona la falta de sutileza,
en los besos de despedida,
perdona en esos besos la crudeza,
de chocar con la única salida.
¿No me extrañas, verdad?
¿Por qué lo harías si ya no estamos tan lejos?
Porque ahora somos como dos peces que van,
que van juntos pero no al mismo lugar.
Nadan juntos, sin un sentido, con pocas ganas,
en un nuevo mar que ahora los golpea,
en un entendimiento de final de júbilo,
en una calma tensa, tanto que desespera.
Bastantes peculiares estos peces,
que van nadando sólo en línea recta,
que van cual soledades sin reveces,
que ignoran casi todas sus sombras paralelas.
Pero no se extrañan.
No se extrañan, no se cansan, no se encuentran,
ya no les tiembla el labio por un beso a la vida,
ya no saben que es vida,
solo saben que es agua.
Se les olvidó que antes, eran dos granos de arena,
jugando a encontrarse, a quemarse en la brisa,
olvidaron que solían dar besos con la mirada,
olvidaron que luego del amor se extrañaban.
¿Ya no me extrañas, verdad?
Yo aquí, desde mi caso,
observo el acuario,
me cuido de no dejar el susurro en los labios,
me cuido de no olvidarte,
y evito siempre, eso de nadar alternando los brazos.
Es que ya no nos miramos,
antes de poder darte un beso con los ojos,
choco con el acuario,
y luego, solo luego, es que seguimos nadando,
paralelos sin saber que estamos juntos,
olvidando por un rato el extrañarnos.
Él:
¿Así que somos dos peces?
Cómo te gustaba volvernos simples,
llegarme con: Aunque simplemente no estés,
en la distancia, el olvido, se hace simple,
se hace triste
Siempre pensaste que la tristeza era una cuna,
yo, en cambio, pensaba que era un árbol que tu plantabas,
y debajo de ése árbol te extrañaba,
mientras tú, con tu simpleza, te marchabas.
Te equivocas gravemente, si te extraño,
pero solo cuando estás a mi lado,
y no veo tu sonrisa de pequeña.
Era aquella sonrisa que me cambiaba,
en un segundo, cualquier lágrima por un abrazo,
era aquella sonrisa que te veía,
subir a tus ojos que ya lloraban cerrados.
Era aquella la sonrisa que llevabas
lejos de tus viajes, de mis recuerdos ajenos.
Era aquella sonrisa que siempre sospeché,
que fui yo mismo quién te la quité.
En parte tenías razón somos dos peces,
nadando sin sentido, diferentes,
tu vas por algo nuevo, más simple,
yo voy en retroceso aún de tu mano,
tu vas charlando todo con una esfinge,
yo voy chocando a veces con tu espacio,
pero de ahí no paso.
Pero,
¿Qué te hace pensar
que podemos olvidarnos?
¿Qué te hace sospechar
que yo no observo, también, el acuario?
¿Qué es lo que te hace no extrañarme,
no mirarme, no besarme, cambiarme?
Ella:
Ya no entiendo el papel del azar en esta historia,
ya no entiendo el presente, el pasado es mi retórica,
No te entiendo a ti, y nunca tuve planes de hacerlo,
mi plan siempre fue chocar contigo, que fuera sólo un momento.
Más se complicó todo,
se llenó de errores, de tachones,
se volvió una cena de bajadas de cabeza,
con el vino,
viejo río
que cubría nuestras piernas.
Y caminábamos allí descalzos,
caminando solo por sentir el vino hasta los huesos,
por mojar la mirada y ahogar en pisadas los recuerdos.
El primero que ahogamos,
fue una mirada sensata.
Sin ella no te recuerdo,
no puedo recordar que te quería,
que te extrañé y te entrañe como al día.
Es eso.
me hace saber que podemos olvidarnos.
Nuestros ojos se quedaron en el mar que pisamos,
los tuyos no amaban, veían el reflejo del amar,
los míos únicamente, se volvieron mar.
Un mar tan fácil de cambiar,
con pisadas, con patadas, con espasmos,
con decepciones al apagarse una vela
por el frío de una senda,
por la que nunca pasamos.
Él:
El error no fue encontrarnos,
fue expulsar el aire
en un solo recuerdo,
fue hundirnos lentamente,
escondiendo el amor de otros tiempos,
fue cruzar la calle
corriendo como ciegos.
Perdona la falta de sutileza,
en los besos de despedida,
perdona en esos besos la crudeza,
de chocar con la única salida.
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