Cuando era niño, en compañía de los amiguitos, hacia el 25 de noviembre, nos encaminabamos a los cerros vecinos, pues Medellín está rodeado de ellos (por algo la llaman la capital de la montaña) con la misión de traer "musgo", que cubría generosamente las lomas de las enmontadas faldas. Despues de caminar todo el día llegabamos a nuestras casas hambriados y agotados con el precioso tesoro, materia prima de los pesebres navideños. Con el imitabamos el pasto verde. Con los años llegó el papel encerado bañado de acerrín, coloreado en verde, que reemplazaba el famoso musgo. Más tarde nos enteramos que este último era importante para mantener la humedad que alimentaba los bosques primarios, arrancarlo, era un atentado contra la naturaleza. Hoy por hoy ya no existen esos bosques, la ciudad invadió las faldas de las montañas con el agravante de la guerra que nos aflije, pues allí se asentaron las grandes migraciones campesinas, producto precisamente de ella, que entre otras cosas, trasladaron el conflicto a las ciudades, a la manera que ellos la conocieron: con todo su horror.