Daniela Albasini
Poeta asiduo al portal
Sensaciones, sutiles como el suave susurro del agua
bajo el puente de piedra que levemente descansa en sus pilares.
Pilares labrados a golpe de cincel, pedernal y martillo,
chispas brotando, y... en las frentes curtidas,
mil gotas saladas buscando la brisa fresca de la mañana.
Sensaciones, primero una, más tarde varias,
luego cientos, al tiempo miles de sutiles sensaciones,
¡tan únicas!, ¡tan inexpresables!, ¡intangibles!,
¡intocables!, ¡imperdibles!.
Sensaciones, impresiones, percepciones,
todo un mundo de sentidos estimulados,
por este sol que tenue calienta en los fríos días del gélido invierno,
por este sol que solivianta y destruye con furor en el estío.
Todo un cuerpo de sentidos estimulados,
por este aire que sopla del noroeste,
por este aire enfurecido que entre las rendijas silbar prefiere,
por este aire de secano, riguroso, inflexible...
Y todas las sensaciones se arremolinan en las mentes,
no se procesan en pensamientos, sólo se sienten,
y ellos cabalgan en la frágil seguridad de sus vidas,
tiritando de celos, bramando de ira, o tal vez,
ebrios de amor, embriagados de ternura.
La tierra que los viera nacer, allá en lo profundo,
los observa con atento afán de madre,
los acuna en sus magnéticos imanes,
se desvela ante sus infortunios
y sonríe paciente ante sus venturas.
Esta tierra magmática, magnética, mágica,
acompaña sus vidas sin ellos saberlo,
y al final de cada personal recorrido de sensaciones,
los atrae, imantándolos, tierna, hacia su pecho.
bajo el puente de piedra que levemente descansa en sus pilares.
Pilares labrados a golpe de cincel, pedernal y martillo,
chispas brotando, y... en las frentes curtidas,
mil gotas saladas buscando la brisa fresca de la mañana.
Sensaciones, primero una, más tarde varias,
luego cientos, al tiempo miles de sutiles sensaciones,
¡tan únicas!, ¡tan inexpresables!, ¡intangibles!,
¡intocables!, ¡imperdibles!.
Sensaciones, impresiones, percepciones,
todo un mundo de sentidos estimulados,
por este sol que tenue calienta en los fríos días del gélido invierno,
por este sol que solivianta y destruye con furor en el estío.
Todo un cuerpo de sentidos estimulados,
por este aire que sopla del noroeste,
por este aire enfurecido que entre las rendijas silbar prefiere,
por este aire de secano, riguroso, inflexible...
Y todas las sensaciones se arremolinan en las mentes,
no se procesan en pensamientos, sólo se sienten,
y ellos cabalgan en la frágil seguridad de sus vidas,
tiritando de celos, bramando de ira, o tal vez,
ebrios de amor, embriagados de ternura.
La tierra que los viera nacer, allá en lo profundo,
los observa con atento afán de madre,
los acuna en sus magnéticos imanes,
se desvela ante sus infortunios
y sonríe paciente ante sus venturas.
Esta tierra magmática, magnética, mágica,
acompaña sus vidas sin ellos saberlo,
y al final de cada personal recorrido de sensaciones,
los atrae, imantándolos, tierna, hacia su pecho.
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