Wilson Stalin
Poeta recién llegado
Cuando con locura encendí la llama nauseabunda del deseo,
apresure libremente a revolcarme en la herida hurgada por mis manos.
¡Que grotesco!, ¡Que insignificante!, es sentirse lleno de estas ansias
hacia lo mudo, hacia lo artificial e inexistente
que parpadeo varios segundos su luz sobre estos engañosos ojos
y luego se revolcó entre la tenue oscuridad de una pasada hora.
Me siento artificial e ilógico vagando atreves de escuálidos
e insignificantes esqueletos,
de los cuales muchas veces aborrezco oler su aroma nauseabundo
esparcido entre la dulzura tan propia del cielo.
Los gigantes y los nomos aplastados por la propia
reversibilidad de sus palabras
dichas entre denuestos y propias alegrías.
La insignificancia e irrealidad de mis ojos
me ha hecho entender la realidad,
de aquella indefinible esencia que vive
palpitando en cada corazón.
la cual dará vida después de esta infame mentira.
apresure libremente a revolcarme en la herida hurgada por mis manos.
¡Que grotesco!, ¡Que insignificante!, es sentirse lleno de estas ansias
hacia lo mudo, hacia lo artificial e inexistente
que parpadeo varios segundos su luz sobre estos engañosos ojos
y luego se revolcó entre la tenue oscuridad de una pasada hora.
Me siento artificial e ilógico vagando atreves de escuálidos
e insignificantes esqueletos,
de los cuales muchas veces aborrezco oler su aroma nauseabundo
esparcido entre la dulzura tan propia del cielo.
Los gigantes y los nomos aplastados por la propia
reversibilidad de sus palabras
dichas entre denuestos y propias alegrías.
La insignificancia e irrealidad de mis ojos
me ha hecho entender la realidad,
de aquella indefinible esencia que vive
palpitando en cada corazón.
la cual dará vida después de esta infame mentira.