Jairo Castillo Romerin
Poeta adicto al portal
SEMILLAS PARA EL TIEMPO
Debo atreverme,
soy el mecenas de una herida atribilaria,
ese acto repetido en los tornos de un espejo
asimétricamente plegado a la nostalgia,
que sique quebrando y mordiendo
labios renuentes en la noche.
Debo serenarme,
dividir los anuncios que no caben
en los linderos de esta página
y es para decir
que soy impuro por conciencia, el insurrecto
al que la muerte aún no lo inculpa del todo.
Debo detenerme y reinventarme;
ser el blanco territorio para el alba
antes de su hora,
el son sucedáneo que se aparta de la espera
y atraca el tranvía de luz palpitante de los goces;
mi próxima heredad son el océano
y su selvática corona.
Debo compenetrarme,
advertir las heridas
en los rostros de los otros,
más allá de las masacres que torpedean el alma
y curar con vástagos y bálsamos
las rasgaduras que han tiznado otras presencias,
en esos ojos que me invaden desde su carcaj de miedo.
A duras penas asimilan fuerzas para solicitarme
algunos granos, semillas y diademas para el tiempo;
algunas vendas o tal vez
ese mercurio venenoso
que me queda derramado en los oídos.
Aún sirvo, así sea
para sostener la mano enemiga,
untar saliva en las pupilas
del que estando ciego
todavía mira y cree que está viendo,
rozar la lengua
del que aunque sigue condenando
espera y cree en todos los silencios.
Debo atreverme
a ser,
solamente ser,
para así seguir viviendo.
Debo atreverme,
soy el mecenas de una herida atribilaria,
ese acto repetido en los tornos de un espejo
asimétricamente plegado a la nostalgia,
que sique quebrando y mordiendo
labios renuentes en la noche.
Debo serenarme,
dividir los anuncios que no caben
en los linderos de esta página
y es para decir
que soy impuro por conciencia, el insurrecto
al que la muerte aún no lo inculpa del todo.
Debo detenerme y reinventarme;
ser el blanco territorio para el alba
antes de su hora,
el son sucedáneo que se aparta de la espera
y atraca el tranvía de luz palpitante de los goces;
mi próxima heredad son el océano
y su selvática corona.
Debo compenetrarme,
advertir las heridas
en los rostros de los otros,
más allá de las masacres que torpedean el alma
y curar con vástagos y bálsamos
las rasgaduras que han tiznado otras presencias,
en esos ojos que me invaden desde su carcaj de miedo.
A duras penas asimilan fuerzas para solicitarme
algunos granos, semillas y diademas para el tiempo;
algunas vendas o tal vez
ese mercurio venenoso
que me queda derramado en los oídos.
Aún sirvo, así sea
para sostener la mano enemiga,
untar saliva en las pupilas
del que estando ciego
todavía mira y cree que está viendo,
rozar la lengua
del que aunque sigue condenando
espera y cree en todos los silencios.
Debo atreverme
a ser,
solamente ser,
para así seguir viviendo.
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