DAMAMISTERIOSA
Borracha Reconocida
Otro domingo que crispa el sol
y quiere hacerse la crisopeya
con el latón de mis dedos, otrora lira.
Fue 14, fue de tarde, fue en automóvil,
fue en un choque, fue en un barranco,
fue en un mes, fue ayer.
Fue.
Revisaron mis papeles
y me mandaron a la frontera
de mi furia, que chocaba contra
témpanos y raspaba mi mandíbula
contraída por la necesidad de despedirme.
Tus zapatitos mojados
a la orilla del mar,
tu carita de pucheros a la luz de
las botellas en el garaje en donde
giraba mi llave del mándala.
El ring ring de la bicicleta
me ha avisado que abrieron otra vez
las puertas del parquecito,
pero todo es tan insípido, de mampostería.
Me da miedo la gente,
me causa angustia la calle,
mi imperio consta ahora
de un par de llaves,
una sonrisa en una postal
y un poema mal garabateado
en una servilleta.
El gigante ogro verde
que se tragó Atitlán
y defecó Amatitlán,
es también la primavera creciendo
en las calaveras de mi tristeza,
regándose con las gotitas
que se deslizan por mi barbilla
temblorosa de calor.
Una anciana se queja hoy
de su tibia caparazón de siempre,
pide rebaja a la fila de panes,
pide que no le cobre tan caro la clase de inglés,
pide que el alba le grite de nuevo
lo tan usurera, hija de puta, que es.
Te extraño.
El diccionario no trae su sórdida
vulgaridad en un vaso de pisco,
los libros no se agitan
como tus pulmones en madrugada,
la ventana no tiene su reflejo
sexual en un atardecer de nonas
pelirrojas y abuelos dientes de conejo.
Los inditos se burlan
de mis insultos de a uno,
mi humor negro es rosa,
mi cabello ya eligió su mordida
de acero y punzadas de hielo.
No muero.
Mi tórax escupió pétalos
en madrugada,
cuando tocaba tu puerta
de casita estilo inglés,
mientras bajo el brazo
sostenía los discos de vinyl
y encontraba tu celular
bajo la alfombra.
Desperté.
El teruteru deambula
todos los días sobre mi cabeza,
el grillo nochero resopla
en mis tímpanos su monólogo
sobre perros blancos
y bares de antaño con meseros epilépticos.
Quédate. Por favor espera.
Volveré para regar
tus jardines de alcohol
y mala hierba,
tu desnudez
es mi patria secreta,
y tu ciudad es mi odio a voces.
Una bala atraviesa como un grito
tu habitación de ángeles,
partiendo el cofre de música
que dejé escondido,
reventando botellas de vino vacías,
con mensajes que no vienen
en código, ni en señales,
dibujando un agujero en mi corazón
que se quedó en la gaveta
del escritorio,
grabando amor en mi rincón
de tu cama.
Volveré.
y quiere hacerse la crisopeya
con el latón de mis dedos, otrora lira.
Fue 14, fue de tarde, fue en automóvil,
fue en un choque, fue en un barranco,
fue en un mes, fue ayer.
Fue.
Revisaron mis papeles
y me mandaron a la frontera
de mi furia, que chocaba contra
témpanos y raspaba mi mandíbula
contraída por la necesidad de despedirme.
Tus zapatitos mojados
a la orilla del mar,
tu carita de pucheros a la luz de
las botellas en el garaje en donde
giraba mi llave del mándala.
El ring ring de la bicicleta
me ha avisado que abrieron otra vez
las puertas del parquecito,
pero todo es tan insípido, de mampostería.
Me da miedo la gente,
me causa angustia la calle,
mi imperio consta ahora
de un par de llaves,
una sonrisa en una postal
y un poema mal garabateado
en una servilleta.
El gigante ogro verde
que se tragó Atitlán
y defecó Amatitlán,
es también la primavera creciendo
en las calaveras de mi tristeza,
regándose con las gotitas
que se deslizan por mi barbilla
temblorosa de calor.
Una anciana se queja hoy
de su tibia caparazón de siempre,
pide rebaja a la fila de panes,
pide que no le cobre tan caro la clase de inglés,
pide que el alba le grite de nuevo
lo tan usurera, hija de puta, que es.
Te extraño.
El diccionario no trae su sórdida
vulgaridad en un vaso de pisco,
los libros no se agitan
como tus pulmones en madrugada,
la ventana no tiene su reflejo
sexual en un atardecer de nonas
pelirrojas y abuelos dientes de conejo.
Los inditos se burlan
de mis insultos de a uno,
mi humor negro es rosa,
mi cabello ya eligió su mordida
de acero y punzadas de hielo.
No muero.
Mi tórax escupió pétalos
en madrugada,
cuando tocaba tu puerta
de casita estilo inglés,
mientras bajo el brazo
sostenía los discos de vinyl
y encontraba tu celular
bajo la alfombra.
Desperté.
El teruteru deambula
todos los días sobre mi cabeza,
el grillo nochero resopla
en mis tímpanos su monólogo
sobre perros blancos
y bares de antaño con meseros epilépticos.
Quédate. Por favor espera.
Volveré para regar
tus jardines de alcohol
y mala hierba,
tu desnudez
es mi patria secreta,
y tu ciudad es mi odio a voces.
Una bala atraviesa como un grito
tu habitación de ángeles,
partiendo el cofre de música
que dejé escondido,
reventando botellas de vino vacías,
con mensajes que no vienen
en código, ni en señales,
dibujando un agujero en mi corazón
que se quedó en la gaveta
del escritorio,
grabando amor en mi rincón
de tu cama.
Volveré.
::
::
::