Reptarius
Poeta recién llegado
Ven,
muéstrame los horizontes dulces
donde permanece dormido,
azul e incendiado
para siempre tu nombre.
Tu plegaria ha dibujado en la pequeñez
de las constelaciones,
un diminuto animal que ha salido
volando a buscarme.
El escarabajo luminoso
ha escarbado en la tumba
donde fueron enterrados mis restos,
se ha metido por mi boca
y está filtrando luz
por las rendijas de mis costillas.
Tus palabras,
han tejido hilos que manipulan
a mi esqueleto como marioneta
por el camino que conduce
al mes de noviembre.
Enséñame, qué campos de luces te esconden
qué sombras de mariposas negras te abren
al tránsito lúcido de lo desconocido
donde mis palabras no pueden alcanzarte.
Pon alerta los sentidos niña,
ten pendiente el latir del bosque,
a los gusanos que han digerido mis ojos
para dejar migajas de ellos,
en los confines de ese pequeño universo.
Las hormigas en sus espaldas cargan pequeñas hojas,
impregnadas con el polvo de mis huesos,
los cuervos se tragaron mi lengua
y están como poseídos buscándote,
te quieren llevar
el tímido rumor de mi último secreto.
Me siento esparcido, soy tan sólo sustancia
estoy tan, pero tan desposeído
en la más invernal de las soledades.
Qué gélido bullicio escarcha tus alas
de nieve celeste y clara
donde musito con los árboles
y un pájaro solo que es mi pecho
hendido en el suelo de tu sepultura.
Reacciona, mujer, reacciona,
búscame al interior de tu seno, he logrado
la volatilidad de la ceniza para llegar a ti,
para fundirme en el hidrógeno de tu aire.
Mis alas te cobijan ahora pero no puedes escucharme,
calan tan dentro, calan tan hondo, en mí,
la magnitud de tus lamentos.
Una rosa, como síncope de lo incierto
en el vaho eterno de la desesperanza
para silenciar los mares
de sus voces de humo
de sus rumores de agua.
Una rosa me brindas y succiono de su sangre
el aroma para traerte a esta dimensión,
donde el aire es más ligero
pero no tu nombre que se me escapa,
pero no tus ojos, lagunas que amordazan,
ni tus lágrimas que abren punzantes llagas
en la piel del ángel de la muerte
que ahora me acompaña.
Reproducirte, como estrella lejana
faro de lo inextinguible
centinela de mis lágrimas.
Sorda guarida de lo inaccesible
orilla profunda y agigantada.
Sospecharte, cual herida imaginaria
en el frío traslúcido de mis recuerdos
agrio intersticio de mis dedos.
Has abierto una capilla y has dejado
un par de albatroces en la entrada,
te has propuesto mantenerme vivo
a pesar del mármol y el deterioro
que brindó la vida a la tenue llama
escondida entre tus manos, apretando
contra tu pecho el amuleto, tu relicario.
Es tu vida, ahora, el pálido hemisferio
donde giran mis recuerdos
en la víspera agrietante del final.
Tu vida la mandrágora, tu vida el opio,
la adrenalina que congela, la sustancia.
Mi amor no supo contagiarte, sin embargo
te enfermó de muerte. Eres vulnerable,
amor tan vulnerable. Mis ojos se cierran
y mi mano diestra se extiende
en este lado de la luz.
Para toda luz
o para toda sombra
llegaremos al final.
muéstrame los horizontes dulces
donde permanece dormido,
azul e incendiado
para siempre tu nombre.
Tu plegaria ha dibujado en la pequeñez
de las constelaciones,
un diminuto animal que ha salido
volando a buscarme.
El escarabajo luminoso
ha escarbado en la tumba
donde fueron enterrados mis restos,
se ha metido por mi boca
y está filtrando luz
por las rendijas de mis costillas.
Tus palabras,
han tejido hilos que manipulan
a mi esqueleto como marioneta
por el camino que conduce
al mes de noviembre.
Enséñame, qué campos de luces te esconden
qué sombras de mariposas negras te abren
al tránsito lúcido de lo desconocido
donde mis palabras no pueden alcanzarte.
Pon alerta los sentidos niña,
ten pendiente el latir del bosque,
a los gusanos que han digerido mis ojos
para dejar migajas de ellos,
en los confines de ese pequeño universo.
Las hormigas en sus espaldas cargan pequeñas hojas,
impregnadas con el polvo de mis huesos,
los cuervos se tragaron mi lengua
y están como poseídos buscándote,
te quieren llevar
el tímido rumor de mi último secreto.
Me siento esparcido, soy tan sólo sustancia
estoy tan, pero tan desposeído
en la más invernal de las soledades.
Qué gélido bullicio escarcha tus alas
de nieve celeste y clara
donde musito con los árboles
y un pájaro solo que es mi pecho
hendido en el suelo de tu sepultura.
Reacciona, mujer, reacciona,
búscame al interior de tu seno, he logrado
la volatilidad de la ceniza para llegar a ti,
para fundirme en el hidrógeno de tu aire.
Mis alas te cobijan ahora pero no puedes escucharme,
calan tan dentro, calan tan hondo, en mí,
la magnitud de tus lamentos.
Una rosa, como síncope de lo incierto
en el vaho eterno de la desesperanza
para silenciar los mares
de sus voces de humo
de sus rumores de agua.
Una rosa me brindas y succiono de su sangre
el aroma para traerte a esta dimensión,
donde el aire es más ligero
pero no tu nombre que se me escapa,
pero no tus ojos, lagunas que amordazan,
ni tus lágrimas que abren punzantes llagas
en la piel del ángel de la muerte
que ahora me acompaña.
Reproducirte, como estrella lejana
faro de lo inextinguible
centinela de mis lágrimas.
Sorda guarida de lo inaccesible
orilla profunda y agigantada.
Sospecharte, cual herida imaginaria
en el frío traslúcido de mis recuerdos
agrio intersticio de mis dedos.
Has abierto una capilla y has dejado
un par de albatroces en la entrada,
te has propuesto mantenerme vivo
a pesar del mármol y el deterioro
que brindó la vida a la tenue llama
escondida entre tus manos, apretando
contra tu pecho el amuleto, tu relicario.
Es tu vida, ahora, el pálido hemisferio
donde giran mis recuerdos
en la víspera agrietante del final.
Tu vida la mandrágora, tu vida el opio,
la adrenalina que congela, la sustancia.
Mi amor no supo contagiarte, sin embargo
te enfermó de muerte. Eres vulnerable,
amor tan vulnerable. Mis ojos se cierran
y mi mano diestra se extiende
en este lado de la luz.
Para toda luz
o para toda sombra
llegaremos al final.
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