Malbec
Poeta asiduo al portal
Me ignoras.
Y crees que eso es suficiente.
Solo soy liviano humo,
que pronto apartarás displicente.
Te ríes,
en abierta carcajada.
Y yo te observo, proditorio,
mientras preparo la emboscada.
Te mofas, -sin cuidado-.
Hasta que aquello mismo,
que te causaba gracia,
ya a asustarte ha comenzado.
Ya no ríes, te molesto.
El rictus habla por ti.
Ya mi presencia,
pesa como el cemento,
y comienza a perturbarte.
Ahora me temes.
Me miras de soslayo.
Y yo disfruto, gozo,
y te huelo, lascivo,
como a la sangre tibia,
caliente y borboteante,
a través del cuello sedoso
de la gacela.
Ya el pavor
cede paso a la atracción,
tengo toda tu atención,
y la intriga te oscurece,
la mirada, otrora indiferente,
se dilata al cruzarse con la mía.
Comienzas a escuchar,
y no puedes apartar,
tu mente de mis palabras
que te llevan, te trasladan
en un viejo aroma, montada,
que recuerdas desde niña
o tal vez nunca existió,- lo mismo dá-.
Extiendo mis negras alas,
y te dejas rodear,
te envuelvo en el mareo,
ácido de mi jadeo,
siquiera parpadeas
cuando arremete la turgencia.
Le hablo a tus oídos,
incapaces de apartarse.
Me dejas entrar,
y comienzo a habitarte,
te usurpo, te alieno.
Tu voluntad insidida,
yace lábil, suspendida.
Te arrastro hacia un lugar
ignoto, innominado,
caótico, demencial
del que solo te han contado.
Te dejo al fin.
Y solo eres,
otro cuerpo del delito;
Tu muerte pasional no tendrá
móvil ni, confesión,
pero sí alevosía.
Y tu autoría,
sin rastros de instigación.
Y crees que eso es suficiente.
Solo soy liviano humo,
que pronto apartarás displicente.
Te ríes,
en abierta carcajada.
Y yo te observo, proditorio,
mientras preparo la emboscada.
Te mofas, -sin cuidado-.
Hasta que aquello mismo,
que te causaba gracia,
ya a asustarte ha comenzado.
Ya no ríes, te molesto.
El rictus habla por ti.
Ya mi presencia,
pesa como el cemento,
y comienza a perturbarte.
Ahora me temes.
Me miras de soslayo.
Y yo disfruto, gozo,
y te huelo, lascivo,
como a la sangre tibia,
caliente y borboteante,
a través del cuello sedoso
de la gacela.
Ya el pavor
cede paso a la atracción,
tengo toda tu atención,
y la intriga te oscurece,
la mirada, otrora indiferente,
se dilata al cruzarse con la mía.
Comienzas a escuchar,
y no puedes apartar,
tu mente de mis palabras
que te llevan, te trasladan
en un viejo aroma, montada,
que recuerdas desde niña
o tal vez nunca existió,- lo mismo dá-.
Extiendo mis negras alas,
y te dejas rodear,
te envuelvo en el mareo,
ácido de mi jadeo,
siquiera parpadeas
cuando arremete la turgencia.
Le hablo a tus oídos,
incapaces de apartarse.
Me dejas entrar,
y comienzo a habitarte,
te usurpo, te alieno.
Tu voluntad insidida,
yace lábil, suspendida.
Te arrastro hacia un lugar
ignoto, innominado,
caótico, demencial
del que solo te han contado.
Te dejo al fin.
Y solo eres,
otro cuerpo del delito;
Tu muerte pasional no tendrá
móvil ni, confesión,
pero sí alevosía.
Y tu autoría,
sin rastros de instigación.
Última edición: