cande87
Poeta recién llegado
La vida puede ser muy perra y eso era algo que Ana sabía muy bien. Una soltera con dos hijos y más trabajos que euros en la cartera, lo confirmaban.
- Mmmmm... Mami...
- Despierta cariño, hay que ir al cole.
- Pero si aun es de noche...
Ana no dormía. Trabajaba hasta muy tarde y madrugaba mucho. Se había habituado a su actual vida frenética carente de descanso nocturno y a su cara hundida, escamada como la piel de un pez.
Los niños de Ana tenían suerte: Saltaban de "madre en madre", de casa en casa, de guardería a casa. Mejor eso que un cuasidesconocido padre maltratador.
En el trabajo, todo marchaba bien. Ana hacia amigos con facilidad y a los jefes les caían bien las camareras de faldas cortas, perdonando despistes u olvidos que la joven mamá solía acumular.
Una noche llegó cansada y se tumbó en el sofá. No tenía intención de dormir. Sus párpados nunca se cerraban por más de dos horas.
Eso no puede ser bueno, le diría su madre.
Ultimamente Ana echaba de menos el hecho de soñar cada noche... qué maravilla. De niña soñaba tanto y tan nítido...
Ya no quedaba sitio para pegasos alados, para inocentes besos encaramados a nubes.
Cerró los ojos y al cabo de un par de minutos se despertó y se dirigió a la cocina. ¿Acaso alguien puede dormir con el estómago vacio?
La puerta de la entrada estaba abierta.
- Qué raro...
Instintivamente se dirigió al cuerto de los niños. Tobías y Nadia rezaba el cartel tallado en madera de la puerta del cuarto, regalo de cumple del abuelo. A ella nunca le habría echo uno, será verdad eso de que los viejos con la edad se ablandan.
En la alcoba solo alcanzó a ver mantas revueltas y oscuridad.
Pulsaciones en mano, salió corriendo escaleras abajo.
En la calle, solo se oían los aullidos lejanos de algún perro vagabundo. A trompicones, subió de nuevo y nada más llegar, tropezó con un bulto pequeño y blandito con cara de Mickey Mouse.
De pie, como un maniquí de comercio, estaba Tobías. Su hermana, en silencio, parecía reconducirlo, acostumbrada.
El pequeño padecía noctambulismo y en realidad, aquel no era el primer episodio.
A la mañana siguiente, Ana no abrió la boca durante el desayuno. Se culpaba.
- Debí haber echado el pestillo de seguridad, cojones.
Esa misma noche, Ana incursionaba la cocina de nuevo.
- Otra vez no…
La noche parecía pedir paso a la puerta entreabierta.
Salió corriendo, ya sin mirar, escaleras abajo… pero esta vez, cuando volvía, alcanzó a ver a su exmarido penetrando la casa. Tambaleando, sujetaba algo. O a alguien.
- Suelta a mi hijo, hijo de puta- más que un grito, fue un susurro colérico
Se avalanzó y asestó un golpe. Y luego otro. El la insultaba, como siempre.
Luego sin saber cómo… cayó rendida. Pasaron escasos segundos que le parecieron semanas y, confundida, abrió los ojos despacio, como desempañándolos.
Alcanzó a ver sangre. Y un bulto delgado. A su lado… una pequeña, blandita, zapatilla de Mickey.
- Mmmmm... Mami...
- Despierta cariño, hay que ir al cole.
- Pero si aun es de noche...
Ana no dormía. Trabajaba hasta muy tarde y madrugaba mucho. Se había habituado a su actual vida frenética carente de descanso nocturno y a su cara hundida, escamada como la piel de un pez.
Los niños de Ana tenían suerte: Saltaban de "madre en madre", de casa en casa, de guardería a casa. Mejor eso que un cuasidesconocido padre maltratador.
En el trabajo, todo marchaba bien. Ana hacia amigos con facilidad y a los jefes les caían bien las camareras de faldas cortas, perdonando despistes u olvidos que la joven mamá solía acumular.
Una noche llegó cansada y se tumbó en el sofá. No tenía intención de dormir. Sus párpados nunca se cerraban por más de dos horas.
Eso no puede ser bueno, le diría su madre.
Ultimamente Ana echaba de menos el hecho de soñar cada noche... qué maravilla. De niña soñaba tanto y tan nítido...
Ya no quedaba sitio para pegasos alados, para inocentes besos encaramados a nubes.
Cerró los ojos y al cabo de un par de minutos se despertó y se dirigió a la cocina. ¿Acaso alguien puede dormir con el estómago vacio?
La puerta de la entrada estaba abierta.
- Qué raro...
Instintivamente se dirigió al cuerto de los niños. Tobías y Nadia rezaba el cartel tallado en madera de la puerta del cuarto, regalo de cumple del abuelo. A ella nunca le habría echo uno, será verdad eso de que los viejos con la edad se ablandan.
En la alcoba solo alcanzó a ver mantas revueltas y oscuridad.
Pulsaciones en mano, salió corriendo escaleras abajo.
En la calle, solo se oían los aullidos lejanos de algún perro vagabundo. A trompicones, subió de nuevo y nada más llegar, tropezó con un bulto pequeño y blandito con cara de Mickey Mouse.
De pie, como un maniquí de comercio, estaba Tobías. Su hermana, en silencio, parecía reconducirlo, acostumbrada.
El pequeño padecía noctambulismo y en realidad, aquel no era el primer episodio.
A la mañana siguiente, Ana no abrió la boca durante el desayuno. Se culpaba.
- Debí haber echado el pestillo de seguridad, cojones.
Esa misma noche, Ana incursionaba la cocina de nuevo.
- Otra vez no…
La noche parecía pedir paso a la puerta entreabierta.
Salió corriendo, ya sin mirar, escaleras abajo… pero esta vez, cuando volvía, alcanzó a ver a su exmarido penetrando la casa. Tambaleando, sujetaba algo. O a alguien.
- Suelta a mi hijo, hijo de puta- más que un grito, fue un susurro colérico
Se avalanzó y asestó un golpe. Y luego otro. El la insultaba, como siempre.
Luego sin saber cómo… cayó rendida. Pasaron escasos segundos que le parecieron semanas y, confundida, abrió los ojos despacio, como desempañándolos.
Alcanzó a ver sangre. Y un bulto delgado. A su lado… una pequeña, blandita, zapatilla de Mickey.
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