Juan Oriental
Poeta que considera el portal su segunda casa
Parece que nuestro amor se acostumbró
a la postergación de sus asuntos cardinales...
Al roce de caricias cada vez más amistosas y menos eróticas,
la pasión se nos hizo molicie, se nos fue puliendo como el pasamano
de la escalera a nuestra alcoba. Y, si a cada tanto, provocado
a plural sacrificio, ruge nuestro goce inapetente, lo hace
con rugido forzado de león letárgico.
Es que, seguro, “la inolvidable” a mí, y a tí, temo que “aquél”,
desechados antes y evocados ahora en lujurioso rincón,
con su piel intacta por el cobarde hecho de no estar,
de haberse refugiado a tiempo en la perpetuidad de nuestro gusto;
sin el riesgo de nuestro paradigma: sin costumbrismo, sin desengaño,
sin desidia que aniquile apetitos, nos vienen esquilmando morbo y fantasía,
corrompiéndonos a tácito placer.
a la postergación de sus asuntos cardinales...
Al roce de caricias cada vez más amistosas y menos eróticas,
la pasión se nos hizo molicie, se nos fue puliendo como el pasamano
de la escalera a nuestra alcoba. Y, si a cada tanto, provocado
a plural sacrificio, ruge nuestro goce inapetente, lo hace
con rugido forzado de león letárgico.
Es que, seguro, “la inolvidable” a mí, y a tí, temo que “aquél”,
desechados antes y evocados ahora en lujurioso rincón,
con su piel intacta por el cobarde hecho de no estar,
de haberse refugiado a tiempo en la perpetuidad de nuestro gusto;
sin el riesgo de nuestro paradigma: sin costumbrismo, sin desengaño,
sin desidia que aniquile apetitos, nos vienen esquilmando morbo y fantasía,
corrompiéndonos a tácito placer.
Y nosotros, víctimas de nuestra solapada necesidad,
cedemos lascivamente a lo sincero. No obstante,
a veces, entre las cenizas que hurgo en remembranza
de aquel incendio nuestro, me quema dedos, labios y sexo, un sólo rubí:
el del centro de tu afanoso ser, el preferido entre toda joyería carnal,
el que en ascuas excité, desesperado yo, hambriento, prometedor
de un para siempre cada vez... ¿Te pasa igual?
cedemos lascivamente a lo sincero. No obstante,
a veces, entre las cenizas que hurgo en remembranza
de aquel incendio nuestro, me quema dedos, labios y sexo, un sólo rubí:
el del centro de tu afanoso ser, el preferido entre toda joyería carnal,
el que en ascuas excité, desesperado yo, hambriento, prometedor
de un para siempre cada vez... ¿Te pasa igual?
Si me dices que si, me muero.
©Juan Oriental
Última edición: