sdontleo
Poeta fiel al portal
Y pensar que estoy herido,
desde que tus dulces labios desertaron
la cabuya que nos encerró en secreto,
y aquel recinto de gaviotas aleteaba
un cruento adiós entre su vuelo eterno.
Duradera aquella tarde dorada y pasajera,
macerada por los cuatro vientos de la calle.
Cuatro azules vientos,
de aquel señero mes de enero.
Tengo tantos años para recordarte, vida,
y tan pocos para saber que ese “algún día”
se rodará hacia los brazos de la muerte.
Es el sabor del destino, aquel húmedo
de lluvia que se empoza en nuestros nombres.
Yo lo sé, tú aún no, y vivimos esperando
como infantiles capullos, la salida de algún astro
que nos refleje hacia la luz del crisantemo.
O quizás hoy me vuelva a equivocar, vida mía.
Bien harás en perdonar mis delirios,
ya que en verdad el niño que aún espera,
sólo soy yo.
No es de mi costumbre vigilar lejanos bosques,
en los cuales manos ninfas engatusan la verdad.
Ni seguir nadando por el agreste mar salino,
el compas de las sirenas que me apartarán de ti.
Lo sabes mi cielo,
algún rincón de tu dulce corazón
es mi testigo.
Y pensar que estoy amando,
desde aquella noche clara por el alba de tus ojos.
Quisiera hoy repetir aquel pasado
para lacerar estos sentidos, una y otra vez de ti
hasta perder mi cuerpo y mis respiros.
Llevarte por lo siglos de esta copla infinita,
y enseñarte que mi mundo fantasioso
es mucho más palpable que este entorno
ensangrentado.
Algo me dijo, - como si fuese el mismo Dios-
que la muerte auxiliará el amor que yo te tengo.
Y pensar que estoy muriendo,
por amarte una vez más.
Por inventar tu cuerpo con los pétalos aureros,
recogidos con calor entre las fuerzas de mis brazos.
El amor no vino de las nubes,
que parecen ser algodones estancados
entre las alas de los vientos.
Ni tampoco vino de los mares,
que reposan y se aturden dentro del crisol penitente
como si fueran grandes lágrimas en guerra.
Si no que se ha reencarnado,
para poder morir “tan cerca de tu ausencia.”
Y pensar que ya estoy muerto,
por haberte perdido…
desde que tus dulces labios desertaron
la cabuya que nos encerró en secreto,
y aquel recinto de gaviotas aleteaba
un cruento adiós entre su vuelo eterno.
Duradera aquella tarde dorada y pasajera,
macerada por los cuatro vientos de la calle.
Cuatro azules vientos,
de aquel señero mes de enero.
Tengo tantos años para recordarte, vida,
y tan pocos para saber que ese “algún día”
se rodará hacia los brazos de la muerte.
Es el sabor del destino, aquel húmedo
de lluvia que se empoza en nuestros nombres.
Yo lo sé, tú aún no, y vivimos esperando
como infantiles capullos, la salida de algún astro
que nos refleje hacia la luz del crisantemo.
O quizás hoy me vuelva a equivocar, vida mía.
Bien harás en perdonar mis delirios,
ya que en verdad el niño que aún espera,
sólo soy yo.
No es de mi costumbre vigilar lejanos bosques,
en los cuales manos ninfas engatusan la verdad.
Ni seguir nadando por el agreste mar salino,
el compas de las sirenas que me apartarán de ti.
Lo sabes mi cielo,
algún rincón de tu dulce corazón
es mi testigo.
Y pensar que estoy amando,
desde aquella noche clara por el alba de tus ojos.
Quisiera hoy repetir aquel pasado
para lacerar estos sentidos, una y otra vez de ti
hasta perder mi cuerpo y mis respiros.
Llevarte por lo siglos de esta copla infinita,
y enseñarte que mi mundo fantasioso
es mucho más palpable que este entorno
ensangrentado.
Algo me dijo, - como si fuese el mismo Dios-
que la muerte auxiliará el amor que yo te tengo.
Y pensar que estoy muriendo,
por amarte una vez más.
Por inventar tu cuerpo con los pétalos aureros,
recogidos con calor entre las fuerzas de mis brazos.
El amor no vino de las nubes,
que parecen ser algodones estancados
entre las alas de los vientos.
Ni tampoco vino de los mares,
que reposan y se aturden dentro del crisol penitente
como si fueran grandes lágrimas en guerra.
Si no que se ha reencarnado,
para poder morir “tan cerca de tu ausencia.”
Y pensar que ya estoy muerto,
por haberte perdido…
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