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Mi palomita blanca

kalkbadan

Poeta que considera el portal su segunda casa


MI PALOMITA BLANCA


Aunque suene un poco ripioso
no miento si proclamo al viento
que en todo el firmamento,
incluso más allá de las estrellas
no existe mujer más bella
que ella.
Ella se llama Bea,
mi palomita blanca,
que todas las mañanas,
rezumando el albor,
se posa en la almohada
y me picotea los labios
arrullando
unos versos de amor.
Juntos, abrazados,
caminaremos
por sendas, cerros y montañas,
hasta la última primavera
en la que embarcados en un arroyo
que silba en una verde pradera
nos difuminaremos en el entreclaro
de nuestra querida luna compañera.
Y a su vera,
junto al cantar del río,
crecerá un olivo y un ciprés,
bajo un mismo cielo
mitad sueco y montañés.

Kalkbadan
Madrid, agosto 2010

 
Última edición:
Aunque suene un poco ripioso


no miento si proclamo al viento


que en todo el firmamento,


incluso más allá de las estrellas,


no hay mujer más bella que ella.


Ella se llama Bea,


mi paloma blanca


que todas las mañanas,


posada en la almohada,


me picotea los labios


y me acaricia la mirada.


Juntos, abrazados,


caminaremos


por sendas, cerros y montañas,


hasta la última primavera,


en la que embarcados en un arroyo,


que silba en una verde pradera,


nos difuminaremos en el entreclaro


de nuestra querida luna compañera.


Y a su vera, junto al cantar del río,


crecerá un olivo y un ciprés,


bajo un mismo cielo


mitad sueco y montañés.




Kalkbadan, agosto 2010.



Una bella poesía en donde tus versos translucen amor, los sueños que se tejen entre dos, el sentimiento que se palpa entre dos.
Estrellas a tu enamorada pluma.
Abrazos.
ana
 
Aunque suene un poco ripioso


no miento si proclamo al viento


que en todo el firmamento,


incluso más allá de las estrellas,


no hay mujer más bella que ella.


Ella se llama Bea,


mi paloma blanca


que todas las mañanas,


posada en la almohada,


me picotea los labios


y me acaricia la mirada.


Juntos, abrazados,


caminaremos


por sendas, cerros y montañas,


hasta la última primavera,


en la que embarcados en un arroyo,


que silba en una verde pradera,


nos difuminaremos en el entreclaro


de nuestra querida luna compañera.


Y a su vera, junto al cantar del río,


crecerá un olivo y un ciprés,


bajo un mismo cielo


mitad sueco y montañés.




Kalkbadan, agosto 2010.


Bello y muy dulce, cada entrega tuya es así, grato leerte
 

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