Hada
Poeta fiel al portal
Vulnerar
Me duelen las grietas
y el mundo que se sacude
en el intento de atisbar su revés;
aquí estoy, lidiando con el escozor
de tantos sismos internos,
con las reminiscencias del olvido
y este no saber si estoy aquí o del otro lado,
en la superficie de un planeta oscuro
todavía inhabitado y desconocido.
Escucho el susurro
de la rebelión en mi cuerpo
y sé que adviene una guerra civil,
me siento a esperar la derrota
en los sectores no conquistados
en los páramos de paz
y en las imbatibles alamedas
donde irremediablemente
se piensa en palabras desnudas
refugiándose del derrumbe.
La cordura sólo se puede resguardar
en lugares impensables
como las clavículas o escápulas,
lugares a donde no llega el viento
y lo único que se arremolina
es el tiempo cansado, listo para morir.
Y tengo la certeza
de estos países cercanos y extranjeros
que apuntan sus vértebras
al silo de mi integridad,
un límite lleno de espejismos,
rebosante de voces ancianas
que simulan ser la catedral
de saberse entendido,
donde uno reza que no broten
inesperadas violencias.
Difusa, intento negociar
con los gritos que me abruman,
busco reconciliarme
con mis negligencias febriles.
Rota y vagabunda,
con la esencia del último beso
aún carcomiendo la superficie del corazón,
con la felicidad inalcanzable
que surca algún espacio de mi espalda
y la niñez raída
que asfixia palomas con la lengua,
despierto
y me calzo las máscaras,
adiestro al ego,
apilo razones en la jaula
para alimentar esta ciudad de pájaros.
Y salgo a la calle,
y me despluman las arterias.
.
.
.
,
.
Me duelen las grietas
y el mundo que se sacude
en el intento de atisbar su revés;
aquí estoy, lidiando con el escozor
de tantos sismos internos,
con las reminiscencias del olvido
y este no saber si estoy aquí o del otro lado,
en la superficie de un planeta oscuro
todavía inhabitado y desconocido.
Escucho el susurro
de la rebelión en mi cuerpo
y sé que adviene una guerra civil,
me siento a esperar la derrota
en los sectores no conquistados
en los páramos de paz
y en las imbatibles alamedas
donde irremediablemente
se piensa en palabras desnudas
refugiándose del derrumbe.
La cordura sólo se puede resguardar
en lugares impensables
como las clavículas o escápulas,
lugares a donde no llega el viento
y lo único que se arremolina
es el tiempo cansado, listo para morir.
Y tengo la certeza
de estos países cercanos y extranjeros
que apuntan sus vértebras
al silo de mi integridad,
un límite lleno de espejismos,
rebosante de voces ancianas
que simulan ser la catedral
de saberse entendido,
donde uno reza que no broten
inesperadas violencias.
Difusa, intento negociar
con los gritos que me abruman,
busco reconciliarme
con mis negligencias febriles.
Rota y vagabunda,
con la esencia del último beso
aún carcomiendo la superficie del corazón,
con la felicidad inalcanzable
que surca algún espacio de mi espalda
y la niñez raída
que asfixia palomas con la lengua,
despierto
y me calzo las máscaras,
adiestro al ego,
apilo razones en la jaula
para alimentar esta ciudad de pájaros.
Y salgo a la calle,
y me despluman las arterias.
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