Gustavo_T
Exp..
Cuando nos parece que fue ayer nomás,
es cuando iniciamos sin saberlo casi, el azaroso camino de regreso.
Y allí desandamos viejos amores no correspondidos,
y extrañamos la novia del secundario que con su luz concreta y cómplice
nos entibiaba las grises tardes de llovizna y frío.
Cuando comenzamos a sentir que lo sabemos todo,
y nos llenamos de omnipotencia y soberbia, es cuando iniciamos la cuenta regresiva.
Y damos certeros consejos no pedidos,
y ensayamos la desvencijada rutina de ser dioses.
Gastamos gestos inteligentes frente al espejo,
que impiadoso nos devuelve la misma imagen de siempre.
Nos cuesta asumirnos tal cual somos, como somos,
y tememos cada arruga, cada olvido, cada nuevo o viejo dolor nocturno,
y cada inexplicable llanto desvelado.
El tiempo nos pasa y no encontramos respuestas,
y distraemos nuestras horas intentando ser otros, queriendo ser otros.
Solo somos deteriorados sobrevivientes de una generación de desconciertos
y pequeños miedos, somos obcecados militantes de la excusa fácil
y el no comprometerse con nada, con nadie.
Y es por eso que debemos aceptarnos tal cual somos,
y enfrentarnos al olvido y al exilio arriesgando la ternura que tenemos a resguardo.
Desatando irredentas valentías contenidas,
despertando trasnochados amaneceres juveniles.
Desandando desnudas noches de neón y luna, alquilando fugaces esperanzas
para desmorirnos intentando la fantasía de hacer feliz a alguien.
Para así romper el maleficio y no convertirnos en inciertas sombras
de un deleznable fracaso en cooperativa.
Debemos comprender que el tiempo nos pasa y nos envuelve, y nos atrapa,
tenemos entonces que aprender a pasar con el tiempo,
a convertirnos en parte viva del tiempo.
Debemos creer firmemente en ese amor de insólitos heroísmos y renuncias,
tenemos que ser solidarios en ese arte mayor de abolir resentimientos y soledades.
Y así comprenderemos al fin, que el envejecer junto al ser amado
es iniciar el milagroso rito de nacer a cada instante.
Y tal vez, si dejamos que la sensibilidad nos maneje el alma
podremos por un segundo al menos, evitar que la rutina nos gane la última partida.-
es cuando iniciamos sin saberlo casi, el azaroso camino de regreso.
Y allí desandamos viejos amores no correspondidos,
y extrañamos la novia del secundario que con su luz concreta y cómplice
nos entibiaba las grises tardes de llovizna y frío.
Cuando comenzamos a sentir que lo sabemos todo,
y nos llenamos de omnipotencia y soberbia, es cuando iniciamos la cuenta regresiva.
Y damos certeros consejos no pedidos,
y ensayamos la desvencijada rutina de ser dioses.
Gastamos gestos inteligentes frente al espejo,
que impiadoso nos devuelve la misma imagen de siempre.
Nos cuesta asumirnos tal cual somos, como somos,
y tememos cada arruga, cada olvido, cada nuevo o viejo dolor nocturno,
y cada inexplicable llanto desvelado.
El tiempo nos pasa y no encontramos respuestas,
y distraemos nuestras horas intentando ser otros, queriendo ser otros.
Solo somos deteriorados sobrevivientes de una generación de desconciertos
y pequeños miedos, somos obcecados militantes de la excusa fácil
y el no comprometerse con nada, con nadie.
Y es por eso que debemos aceptarnos tal cual somos,
y enfrentarnos al olvido y al exilio arriesgando la ternura que tenemos a resguardo.
Desatando irredentas valentías contenidas,
despertando trasnochados amaneceres juveniles.
Desandando desnudas noches de neón y luna, alquilando fugaces esperanzas
para desmorirnos intentando la fantasía de hacer feliz a alguien.
Para así romper el maleficio y no convertirnos en inciertas sombras
de un deleznable fracaso en cooperativa.
Debemos comprender que el tiempo nos pasa y nos envuelve, y nos atrapa,
tenemos entonces que aprender a pasar con el tiempo,
a convertirnos en parte viva del tiempo.
Debemos creer firmemente en ese amor de insólitos heroísmos y renuncias,
tenemos que ser solidarios en ese arte mayor de abolir resentimientos y soledades.
Y así comprenderemos al fin, que el envejecer junto al ser amado
es iniciar el milagroso rito de nacer a cada instante.
Y tal vez, si dejamos que la sensibilidad nos maneje el alma
podremos por un segundo al menos, evitar que la rutina nos gane la última partida.-
::