Edgar Iván Hernández
Poeta recién llegado
El Orfebre
Reconstruye sus heridas,
remienda sus quimeras;
aprende a vivir
y lo aprehende el silencio.
Galardonado le resta puntos a la muerte.
Pródigo en noche fértil,
siembra imágenes y deseos.
Arrebata pasos a los días.
Tiene el corazón en su empuñadura de fuego.
Hace inventario a las palabras,
balance a las verdades.
Como árbol
sus sombras navegan hasta otros mundos.
Con voces amorfas se acompaña.
Crece desde la laguna
y muere en la Osa Mayor.
Frente al mar escucha su corazón
y ancla sus versos a su fortuna
a su combate contra la noche.
Es inmortal cuando festeja,
es fragua cuando crece.
Crisol amante de días feriados,
entusiasta de yunques y tormentas.
Forjador de un pueblo añejo,
recoge nuevos brillos,
caminando con viejos esmeriles.
Sus cinceles golpean el metal indescifrable
y agradecido devuelve al mundo sus moldes.
Su cincel deposita su amplia huella.
Suya es la palabra,
con ella forja su canto y recibe los días.
Obtiene una ciudadanía en la noche
y otra en la muerte.
Su refugio es un péndulo sostenido por la sed.
La noche le tiende sus luceros
y sonríe de lo que es y fue.
Calienta su rostro en un sol fraterno.
Ama con poder
y con el mismo abrazo deja amar.
Con ufano tesón sucumbe en sus ardores.
Todo lo que toca florece al oro.
Estremecido esconde su hiel
Porque contiene una alegría sostenida
y con serenidad muere.
remienda sus quimeras;
aprende a vivir
y lo aprehende el silencio.
Galardonado le resta puntos a la muerte.
Pródigo en noche fértil,
siembra imágenes y deseos.
Arrebata pasos a los días.
Tiene el corazón en su empuñadura de fuego.
Hace inventario a las palabras,
balance a las verdades.
Como árbol
sus sombras navegan hasta otros mundos.
Con voces amorfas se acompaña.
Crece desde la laguna
y muere en la Osa Mayor.
Frente al mar escucha su corazón
y ancla sus versos a su fortuna
a su combate contra la noche.
Es inmortal cuando festeja,
es fragua cuando crece.
Crisol amante de días feriados,
entusiasta de yunques y tormentas.
Forjador de un pueblo añejo,
recoge nuevos brillos,
caminando con viejos esmeriles.
Sus cinceles golpean el metal indescifrable
y agradecido devuelve al mundo sus moldes.
Su cincel deposita su amplia huella.
Suya es la palabra,
con ella forja su canto y recibe los días.
Obtiene una ciudadanía en la noche
y otra en la muerte.
Su refugio es un péndulo sostenido por la sed.
La noche le tiende sus luceros
y sonríe de lo que es y fue.
Calienta su rostro en un sol fraterno.
Ama con poder
y con el mismo abrazo deja amar.
Con ufano tesón sucumbe en sus ardores.
Todo lo que toca florece al oro.
Estremecido esconde su hiel
Porque contiene una alegría sostenida
y con serenidad muere.