cipres1957
Poeta veterano en el portal
Hombres vestidos de camuflaje
caminan por la selva de cemento,
con una herida silenciosa
entre ruidos de vidas mecánicas.
Han despertado a la diana de cuarzo,
desayunado polvos químicos en leche adulterada;
circulan al son de un semáforo verde
siempre verde, siempre verde.
No se miran, pero saben que en algún lugar coincidirán:
en un carro subterráneo,
en un charter urbano camino al consumismo;
desfilan en trajes de apurados,
llevan paraguas para lluvias ácidas.
No se saludan,
no se miran,
chocan,
caen,
pasan pisando cuerpos,
alguno sobrevive y se levanta,
otros son tragados por túneles que dan a otros túneles
hasta una alcantarilla con forma de orbe.
Son rutinas domesticadas entre café y medialunas,
se alimentan con basuras de paso.
En media hora de urgencias evacuan intestinos, bolsillos y abulia,
luego se automatizan y regresan a lubricar sus sillones mullidos
donde mueren de a poco entre números fríos,
tan fríos como sus días.
Alguno sobrevive y se levanta,
se dispone con una dosis en las venas
a mascullar su fruta podrida,
su aliento a desconcierto alcoholizado,
y se sienta a escribir poemas;
otra forma de morir de a poco,
urbanizando miserias
detrás de sus ojos adulterados de sueño,
lamiendo el reloj del infortunio
hasta que den las doce en pleno.
Luego sale a robar la vida
de las calles suburbanas,
para no ser menos
que una herida.
caminan por la selva de cemento,
con una herida silenciosa
entre ruidos de vidas mecánicas.
Han despertado a la diana de cuarzo,
desayunado polvos químicos en leche adulterada;
circulan al son de un semáforo verde
siempre verde, siempre verde.
No se miran, pero saben que en algún lugar coincidirán:
en un carro subterráneo,
en un charter urbano camino al consumismo;
desfilan en trajes de apurados,
llevan paraguas para lluvias ácidas.
No se saludan,
no se miran,
chocan,
caen,
pasan pisando cuerpos,
alguno sobrevive y se levanta,
otros son tragados por túneles que dan a otros túneles
hasta una alcantarilla con forma de orbe.
Son rutinas domesticadas entre café y medialunas,
se alimentan con basuras de paso.
En media hora de urgencias evacuan intestinos, bolsillos y abulia,
luego se automatizan y regresan a lubricar sus sillones mullidos
donde mueren de a poco entre números fríos,
tan fríos como sus días.
Alguno sobrevive y se levanta,
se dispone con una dosis en las venas
a mascullar su fruta podrida,
su aliento a desconcierto alcoholizado,
y se sienta a escribir poemas;
otra forma de morir de a poco,
urbanizando miserias
detrás de sus ojos adulterados de sueño,
lamiendo el reloj del infortunio
hasta que den las doce en pleno.
Luego sale a robar la vida
de las calles suburbanas,
para no ser menos
que una herida.
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